Juan L. Villegas Abrill - Diario Los Andes (24/10/06)
La Rinconada
A La Rinconada se va a pasarla mal. Los casi 5500 de altitud, en los que se encuentra el centro minero, no son en vano. Llegar ahí no es tarea fácil, permanecer, menos aún.
La relación costo-beneficio está clara entre los miles de trabajadores
mineros y de sus familias, quienes saben, que por las condiciones
agrestes del clima y del sub empleo, como una práctica casi
generalizada, su estancia en el centro minero artesanal será, por decir
lo menos, dura. Pocas veces ven recompensado este esfuerzo con el oro
que logran obtener con el sistema de cachorreo. Pocas veces ven más oro
del que sirve sólo para sobrevivir. Los sueños se truncan. La esperanza
de salir adelante y de encontrar esa veta dorada que los sacará de su
miseria, se oscurece a medida que la luz se pierde cada vez mas, en lo
profundo del socavón, donde lámparas de carburo iluminan los pasos de
los mineros permitiendo el trabajo, pero a la vez, respirando sus
vapores.
Todos participan de la actividad minera incluidos niños y niñas,
quienes conocen desde pequeños lo que es ponerse un casco y separar,
acertadamente, las piedras que contienen el preciado mineral.
La población de la Rinconada está conformada en más del 90% por
pobladores de nuestra región, en especial de las provincias de San
Antonio de Putina, Azángaro y San Román; pobladores que por falta de
empleo adecuado se trasladaron hasta el gélido centro minero. De otro
lado, la ausencia de una agricultura con la que puedan mantener a sus
familias, hace que vean en la búsqueda del oro una alternativa para
sobrevivir. El tránsito, no siempre exitoso, de campesinos a
comerciantes y a explotadores de oro, no tiene otra explicación que la
exclusión de la economía formal de su tradicional fuente de ingresos.
Compro oro
La ciudad calcetera es el lugar donde todo se compra y se vende. Forma
parte del paisaje de la ciudad abundantes letreros, desde los
luminosos, los de metal, hasta llegar a los escritos en una pizarra con
tiza.
Ahí se ubican los compradores de oro, compradores de “oro en bruto”,
sin ser procesado ni transformado, sólo metal que vale por su peso en
el mercado. Estos “acopiadores” tienen entre sus clientes por
excelencia, aquellos que viven de la minería artesanal que en nuestra
región están, en Ananea, La Rinconada, Cerro Lunar, Ancoccala, Sandia,
Patamuco, Ayapata, Phara y San Gabán, como vemos, todos estos centros
mineros están al norte del departamento, por lo que Juliaca está en un
lugar estratégico por sus conexiones, gracias a las vías de
comunicación con el resto de la región y del país.
Es por esto que muchos de los mineros prefieren llevar hasta esta
ciudad su preciado oro y tratar de venderlo a un mejor precio, que el
que conseguirían con los acopiadores de las minas. Por decirlo de
alguna manera: el oro brilla más, si pagan mejor por él.
A pesar de no tener cifras exactas, se presume que esto le da una gran
dinamicidad a la economía juliaqueña, que mueve el resto de la economía
en la región. La inyección de dinero que se mueve gracias al oro, sirve
para invertir en otras actividades económicas, o para invertir en los
estudios de los hijos o nietos de los migrantes que formaron la ciudad
de los vientos. De otro lado, se sabe que la cantidad de oro que sale
de contrabando, perjudica la economía de la región, si por un lado se
pierde más en una economía informal, se teme que la formalización
signifique sólo un pagar impuestos y que estos no sean invertidos en la
región. Esto funciona para casi todas las actividades informales, la
idea es asegurarse, así sea con poco.
Juliaca es chamba
Juliaca es el resultado del flujo migratorio de provincias y distritos,
en su mayoría del norte de nuestra región, su ubicación geográfica
estratégicamente la coloca, para ser el eje comercial del sur; los que
van para el sur o los que vuelven del norte, necesariamente tienen que
hacer una parada en la Ciudad de los Vientos. Lo que era un lugar de
paso, un lugar de tránsito casi obligado, se ha convertido en una
ciudad con alrededor de 200 mil habitantes donde el comercio es la
principal fuente de ingreso.
Da la sensación que todos venden algo, que todos y todas “están en
algo”, sin descanso, y que la compra-venta constante hacen de esta
ciudad muy pujante y progresista. Pero también tenemos el reclamo casi
generalizado que el mayor ausente es el orden, que la informalidad
impera, la delincuencia abunda y que uno puede ser víctima, fácilmente,
de llevarse un artículo bamba. Otros, saben que lo bamba es el sello de
marca, no es necesario engañar a nadie, ya que “es mejor que el
original”.
En suma, nadie ha sabido, hasta el momento, articular las mentalidades
que confluyen en esta ciudad, donde una de las dificultades es la
reciente confluencia de distintas formas de pensar el cambio. Por eso,
parece que Juliaca crece como puede y como quiere.
Conclusión: dos anécdotas para una ciudad tan… diferente
Un turista europeo me comentó que en su libro de viajero, decía de
Juliaca lo siguiente: “Sólo para el aeropuerto, no vale la pena
detenerse” esto, más allá de la posición personal de cada uno donde se
puede estar de acuerdo o no, debería hacer que los responsables de la
gestión del desarrollo de Juliaca, se replanteen como están haciendo
las cosas, y cambiarle el rostro a esta ciudad. Hacer de ella un lugar
donde valga la pena detenerse.
En otra ocasión, una amiga argentina, cuando trataba de manejar su auto
por las calles juliaqueñas, evitando triciclos y baches, me dijo “como
quisiera que mi papá y mi hermano vengan para conocer Juliaca, una
ciudad tan… tan diferente”, no se exactamente a lo que se refería,
quizá su sorpresa era (con temor a equivocarme) al constatar que es
posible la convivencia entre la informalidad y el caos, o quizá, por
los acuerdos implícitos que se dan entre sus pobladores, donde los de
adentro se han organizado de acuerdo a los objetivos que buscan. Los de
fuera, pocas veces lo comprenderán.
El oro de La Rinconada, junto a los demás centros mineros y la pujanza
de Juliaca parecen ir de la mano perfectamente para una coexistencia
mutua. El trabajo del socavón, donde no entran mujeres ni curas, sirve
luego para dar vida a este eje comercial.
Juliaca es una ciudad en transición y tierra de emergentes, lugar donde
se juntan no sólo intereses sino culturas. Para algunos es la
reproducción de la modernidad andina, una modernidad sin calco ni
copia, una modernidad no terminada ni menos asumida aún. Un estilo
diferente de hacer las cosas. Una modernidad chola y, al fin y al cabo,
nuestra.
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