
Nació en un corral de animales, pobre entre los pobres, trabajó como carpintero en Nazareth, anduvo tres años con 12 discípulos más cercanos, llamados apóstoles, la mayoría de los cuales eran pescadores pobres que no habían estudiado. Un día se presentó en la sinagoga de Nazareth y se apropió de las palabras de Isaías 61, 1- 2: “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor” (Lc 4,18-19).
Pasado el tiempo, cuando Jesús ya caminaba con sus apóstoles y Juan Bautista ya estaba en la cárcel, éste mandó a sus discípulos para preguntarle a Jesús si realmente él era el Mesías esperado. Jesús como toda respuesta dijo: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan sanos, los sordos oyen, los muertos resucitan y una buena nueva llega a los pobres…”(Mt 11, 5).
Un día, hablando del juicio de los pueblos, Jesús explicó en forma de parábola que lo que Dios tomará en cuenta a la hora de la muerte serán las obras de misericordia que hayan hecho las personas como dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar ropa al desnudo, acoger al forastero, visitar a los presos y a los enfermos. Y concluyó: “En verdad les digo que cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40).
Jesús nunca despreció a los pecadores públicos, cosa que sí hacían los piadosos maestros de la ley y fariseos. Por eso acogió al aduanero y, a la vez, ratero Zaqueo y comió en su casa. Zaqueo, maravillado ante la persona de Jesús, abrió su corazón y cambió de vida personal y socialmente, expresando así su decisión: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y a quien he exigido algo injustamente le devolveré cuatro veces más” (Lc 19, 8). Jesús comentó así este suceso: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa; en verdad éste también es hijo de Abraham. El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Incluso Jesús llamó como su apóstol a Mateo, que también era aduanero (Mt 9,9- 13). Cierta mañana los maestros de la ley y fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio con intención de matarla. Jesús al intuir la hipocresía de los acusadores les dijo: “El que no tenga pecado que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Y a la mujer, después de que todos se fueron, le dijo lleno de misericordia: “Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar en adelante” (Jn 8, 11).
Lo que Jesús no toleraba era la injusticia, la mentira, la hipocresía y el aprovechamiento de la religión para intereses personales y de grupo, que se notaba precisamente en las obras de los maestros de la ley y fariseos. Y con su voz de profeta supo llamarles duro la atención: “¡Ay de Uds., maestros de la ley y fariseos hipócritas! Uds. pagan el diezmo de todo, sin olvidar la menta, el anís y el comino, y, en cambio, no cumplen lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mt 23, 23). Jesús se ganó el odio de estos líderes religiosos mentirosos y fracasados, quienes se unieron a las autoridades políticas y lo llevaron a la muerte injusta de la cruz. El sacrificio de Jesús, Hijo de Dios, anticipado en la entrega de su cuerpo (pan) y de su sangre(vino) en la última cena (Mt 26, 26- 28), fue (y sigue siendo en el memorial de la misa) un sacrificio salvador y redentor. En ese acto supremo de amor a las mujeres y hombres del mundo, Jesús nos libera de nuestros pecados y de todas sus consecuencias. Y como Hijo de Dios y Liberador, triunfa él mismo sobre la muerte y resucita al tercer día como las primicias de los que duermen (1 Cor 15,20).
Esto es lo que recordamos y volvemos a celebrar en la Semana Santa. Si somos discípulos (as) fieles de Jesús, si optamos como él por los pobres y desde su perspectiva ofrecemos la buena nueva a todos, nuestra vida no será fácil ni en la sociedad ni en la Iglesia. Habrá sufrimiento y hasta persecución (Jn 15, 18- 21) por parte de ciertos gobernantes y ciertos eclesiásticos servidores del neoliberalismo y adoradores del ídolo dinero. Pero aparecerá con mayor fuerza el gozo del Resucitado que nos repetirá al oido y desde los tejados: “Uds. no me escogieron a mí. Soy yo quien los escogí a Uds. y los he puesto para que vayan y produzcan fruto, y ese fruto permanezca” (Jn 15, 16).
Luis Zambrano
Pàrroco de la Parroquia “Pueblo de Dios”
Juliaca- Perú