Juliaca Bajo la Dominacion Hispana
JULIACA BAJO LA DOMINACIÓN HISPANA

Fuente: Hugo Apaza

JULIACA, EN DOCUMENTACIÓN COLONIAL:

    REFORZANDO los argumentos proporcionados por la arqueología, aparecen los documentos coloniales, en donde el nombre de Juliaca aparece en forma reiterada, con lo cual se demuestra que nuestra ciudad tiene una prolongada vigencia cultural en el Altiplano. Repasemos lo que expresan los primeros documentos escritos en español, que hacen referencia a nuestro pueblo y así confirmar su antiquísima existencia.

1.    XULLACA: En las Ordenanzas de Tambos, dictadas por el Gobernador Cristobal Vaca de Castro el 31 de mayo de 1543, observamos que nuestra añeja localidad figuraba como un importante tambo del Kollasuyo. Observando la relación ordenada, podemos distinguir que el Tambo número 38 del camino que va del Cusco a La Plata se llama Xullaca.

2.    XULLACA: Cuando los primeros conquistadores españoles arribaron a Juliaca, encontraron a un pueblo desarrollado y con una organización completa en las inmediaciones de la natural fortaleza de Jatun Rumi, desde donde recibieron una tenaz resistencia. Este pueblo inka, aparece registrado expresamente en las crónicas escritas por don Pedro Cieza de León, quien en 1549 al visitar el Kollasuyo siguiendo la ruta de los caminos inkaicos, ingresa a este pueblo y se entera que se llamaba Xullaca, y como era un pueblo importante, su pluma la registra con esa denominación. Por ser de interés este dato histórico, transcribimos textualmente, la parte pertinente del capítulo CII de la obra Crónica del Perú, del cronista viajero Pedro Cieza de León.
   
    "Desde Pucara hasta Hatuncolla hay cantidad de quince leguas; en el medio de ellas están algunos pueblos como son Nicasio, Xullaca y otros” (10, 231).
   
3.    JULIACA: Con esta escritura aparece en el documento que crea el Corregimiento del “Collao”, el mismo que fue expedido por el Lic. Lope García de Castro el 23 de junio de 1565.

4.    XULIACA: En la relación que aparece en las Provisiones del Virrey Francisco de Toledo, podemos observar que en 1581 Xuliaca aparece como un Repartimiento más del Cusco e integrante del Corregimiento de Orcosuyo.
   
     

5.    ZULLACA: El cronista Felipe Guamán Poma de Ayala también hace una relación ordenada de depósitos fiscales y consigna 179 tambos inkaicos, los mismos que, de acuerdo a su versión, continuaban vigentes entre fines del quinientos y principios de setecientos. En esta relación, con el numeral 144 aparece el Tambo Zullaca, y lo que es más, en su Nueva Crónica elabora una interesante relación de lugares importantes, dándole a cada uno su respectiva categoría; allí, ubica a Zullaca como un tambo real y aldea de españoles e indios.

6.    JULIACA: Así aparece en una Relación anónima en que se consigna la división eclesiástica del Cusco en 1613. Según este documento Cusco tenía 13 corregimientos. Allí, eclesiásticamente, Juliaca aparece como una Parroquia del Corregimiento de Cauana-Cauanilla, y éstos a su vez dependían del Obispado del Cusco. En aquel año el corregimiento de Cauana-Cauanilla tenía 16 parroquias, a saber: “Nuñoa, Oruro, Ayaviri, Pucara, Lampa, Cauanilla, Atuncauana, Atuncolla, Juliaca, Macarí y Cupi, Umachiri y Llalli, Caracoto y Guaca, Maneso y Vilque, Calapuja, Caminaca”.

7.    SANTA CECILIA DE JULIACA: Así aparece en un documento fechado el 17 de enero de 1649, y suscrito por el R.P. Pedro Alfonso de Rivera y Casas, quien ordenada la construcción de una iglesia en este pueblo.

8.    YULIACA: Así consta en un informe presentado por el Dr. Dn. Vasco de Contreras y Valverde en enero de 1650.

9.    JULLACA: Así los consigna Vásquez de Espinoza, cuando hizo una relación de pueblos de esta zona.

Hacia 1780 el curato o distrito de Juliaca continuaba perteneciendo a la jurisdicción de Lampa.

Con esta información fidedigna se confirma que Juliaca, como población, ya existía en tiempos prehispánicos. En cuanto a la escritura, no debe preocuparnos mucho, porque quienes lo castellanizaron como Xullaca, Xuliaca, Zullaca, Yuliaca o Juliaca, lo hicieron recogiendo de fuente fonética que no siempre es fácil de escribirlo en forma exacta.

 PRIMERAS INCURSIONES.

LUEGO DEL asalto y saqueo de la capital del Tawantinsuyo por las hordas hispanas, éstos inmediatamente se preocuparon por querer averiguar acerca del "más allá", y así se enteraron de muchas cosas que alentaban y atizaban su codicia. A fin de obtener información "fidedigna", Francisco Pizarro, según aseveración de su segundo secretario, Pedro Sancho de la Hoz, envió a la región del Kollasuyo, en calidad de exploradores a Diego de Agüero y Pedro Martínez de Moguer, éstos dos bravos jinetes, en compañía de muchos indígenas y algunos perros, partieron de la Ciudad Imperial los primeros días de diciembre de 1533.
Estos serían los primeros españoles que cruzaron la meseta kollavina, y como por Juliaca surcaba el Capac Ñan tuvieron necesariamente que transitar por esta vía. Durante su viaje, estos españoles no desperdiciaron el tiempo, observaban todo, indagaban con insistencia acerca de los tesoros, preguntaban cómo se llamaba tal o cual pueblo, tal o cual curaca, etc., y para saciar sus inquietudes tuvieron que valerse de la numerosa escolta nativa que los acompañaban. Cuando a lo lejos divisaron a un conjunto de casas y muchos pastores en plena faena, la natural curiosidad les obligó a inquirir por la escena que tenían en frente, y así se enteraron de que ya estaban en las proximidades del pueblo llamado Xullaka; las gentes de Xullaka, enterados de que gente extraña se acercaba salieron a su encuentro para observar la singular caravana, integrado por hombres blancos con barba, trajes metálicos, caballos, perros, etc., tenían noticias de ellos, pero jamás los habían visto; la curiosidad, el temor y otras sensaciones no dejaron de sentirse. Ya en el pueblo los españoles descubrieron que era un núcleo humano con una organización completa, estratégicamente ubicado y con un exuberante tambo. Seguramente estos primeros españoles, luego de sus agotadoras jornadas, hicieron un alto en la pascana real de Xullaka, lo cual también la aprovecharon para catear el área y tal vez encontrar algún tesoro apetecible. Luego de un descanso reparador prosiguieron su marcha con rumbo al Sur.
Luego de este viaje "amistoso" y de observación, Francisco Pizarro, pocos meses después, envió a su Capitán Diego de Rojas, acompañado de los tradicionales elementos de Campaña, a fin de emprender las primeras incursiones de  conquista, cuyas acciones llegaron incluso hasta Charcas y Tucumán. Si en la anterior visita hispana los pobladores nativos de Xullaka fueron presa de asombro por ver "novedades" en esta ocasión probaron el sabor amargo de estas gentes;  por las informaciones que de ellos tenían, así como por lo que ellos mismos estaban experimentando, empezaron a comprender que eran gentes perjudiciales, y que había que prepararse para impedir que sigan causando daño.

DIEGO DE ALMAGRO POR EL KOLLAO:

A fin de favorecer tanto a Francisco Pizarro como a Diego de Almagro, el Rey de España Carlos V, en 1534 repartió el territorio dominado y por dominar entre estos dos caudillos:

- La Gobernación de Pizarro, llamada Nueva Castilla; y
- La Gobernación de Almagro, llamada Nueva Toledo.

Esta situación, a la postre, provocaría una guerra que acabaría con ambos. De acuerdo a esta demarcación, Juliaca pertenecía a la Gobernación de Nueva Toledo hasta 1536, en que fue absorbida por la de Pizarro. Eran tiempos en que la rivalidad entre estos dos conquistadores se acentuaba, y, es así que dándose cuenta de que era muy temprano para dividirse, el 12 de junio de 1535, Pizarro y Almagro, en el Cusco formalizaron un convenio a fin de no hostilizarse mutuamente.
Diego de Almagro deseoso de conocer su Gobernación, engañado por los propios españoles y por Manko Inka y atraído por lo que del Kollasuyo se decía, decidió emprender el viaje; "procuró antes de partir informarse bien sobre el camino que había de seguir y las condiciones del país", y luego de esto se preparó para enrumbar hacia Chile tomando el camino militar de los inkas. "Muchos atraídos por sus maneras populares y por su generosidad que casi rayaba en prodigalidad, se alistaron con gusto en la empresa confiados en hallar todavía mayores riquezas que los que había en el Perú" (30, 162). Pudo reunir poco más de 200 hombres a caballo y varios miles de indígenas auxiliares, sin embargo esto no era todavía suficiente.
Diego de Almagro pidió ayuda a Manko Inka y éste resolvió que le acompañasen sus hermanos Paullu Inka (llamado también Paullu Tupac o Paullo Topa) y el Sumo Sacerdote Willac Uma (partícipe de la conspiración de Manko Inka), los cuales debían influir en los caciques de la región para que facilitasen la incursión.
Almagro envió a Paullu Inka y a Willac Uma "y sus treinta mil indios auxiliares" (51, 107), al lado de tres españoles a fin de que prepararan las condiciones para el tránsito fácil del ejército que se alistaba.
A mediados de junio de 1535 se puso en marcha un destacamento de 150 jinetes a las órdenes de un oficial llamado Juan de Saavedra (quien años después sería Corregidor del Cusco). Luego le siguió otra pequeña tropa bajo las órdenes de Gabriel Rojas. Almagro se quedó en el Cusco a conseguir recursos y a reclutar más hombres.
El 3 de julio de 1535 partió Almagro del Cusco con unos 50 jinetes y un buen número de indígenas. Salió del Cusco con sólo una parte de sus fuerzas dejando a Rodrigo Orgoñez, Juan de Herrada, entre otros, para que le siguieran con el resto del ejército. Almagro se detuvo en Mohina, poblado situado como a cinco leguas del Cusco, debido al intenso frío reinante en el altiplano, allí permanecieron cerca de un mes; luego de esta espera ingresa al Kollao y llegó hasta Paria (Alto Perú) donde ya se habían reunido Juan de Saavedra y Gabriel Rojas quienes aguardaban a Almagro. Reunidos en Paria, se quedaron aproximadamente un mes más, esperando que el estado climático se haga bonancible. Luego de la salida de Almagro del Cusco, Rodrigo Orgoñez salió tras sus huellas y más tarde Juan de Herrada emprendió la marcha con el resto del ejército.
Los extranjeros que participaron en la expedición a Chile, que no fueron menos de 400 jinetes y miles de auxiliares, al atravesar la inmensa cordillera andina sufrieron crueles penalidades. La altura debió quitarles fuerzas, el frío les habría hecho rechinar y abandonar sus armaduras metálicas, los ataques de nativos ya sublevados, etc., todos estos factores, conjugados con otros de naturaleza patológica, mermó en su situación cuantitativa y cualitativa. Como las tropas invasoras, estaban compuestas en su mayoría, por gentes no aptas para nuestro medio hostil, éstos fueron las primeras víctimas, y por ello, quienes registraron estos sufrimientos llegaron a escribir:

-    “Perecieron en la jornada más de mil piezas de indios e indias de servicio e cantidad de negros y muchos caballos que se helaron y los negros con las riendas en las manos y asentándose se helaban”.
-    “Los negros e indios murieron casi todos y los que no perdieron la vida quedaron ciegos o mutilados".
-     “El frío era tan intenso, que muchos perdieron las uñas de los dedos, los dedos mismos, y a veces los miembros”.
-    “Tanto llegó a acosarlos el hambre, que los miserables que sobrevivían se alimentaban de los cuerpos muertos de sus compatriotas, mientras los españoles se sostenían de los cadáveres de sus caballos”…

“Pero sus padecimientos no inclinaban el ánimo de los españoles a la compasión de los débiles indios. Por todas partes dejaban huellas de su paso en Cabañas desiertas y quemadas, a cuyos habitantes obligaban a hacer el servicio de bestias de carga; los indios eran encadenados en cuadrillas de diez o doce, y ni las enfermedades, ni la debilidad del cuerpo excusaban al desgraciado cautivo de llenar su parte en el trabajo común. Así algunos caían muertos de fatiga sobre sus mismas cadenas” (30, 200).

A su paso por el Kollao estos invasores "realizaban terribles crueldades con los indígenas, quienes por todos los medios ofrecieron resistencia a fin de que no siguieran adelante; muchos fueron los encuentros bélicos, en donde la superioridad armada foránea se imponía con bastante derramamiento de sangre. Las fortalezas naturales de Juliaca, así como los cerros inmediatos como Santa Cruz, Waynarroque, Espinal y Monos sirvieron de fortines y desde donde ofrecieron los últimos intentos de defensa.
Desde el paso de los sucesivos destacamentos organizados por Diego de Almagro, “transcurrieron tres años de paz en el Collao, tres años más sin dominación hispana”, pero estos tres años de relativa tranquilidad sirvió para que, casi todo el Kollasuyo, se organizara para secundar la sublevación dirigida por Manko Inka.


 EL KOLLAO EN LA REBELIÓN DE MANCO INKA:

EN MOMENTOS de auge de la Rebelión de Manco Inka, muchos curacazgos no se identificaron inmediatamente con la lucha, puesto que se mantenían latentes las rivalidades  con los cusqueños por varias razones, entre las que destacaban:

-    Los del Kollasuyo eran partidarios de Huáscar, e incluso participaron en varias batallas contra el ejército de Atahualpa, por ello no simpatizaban con Manco Inka.
-    La campaña pro-española que había efectuado el príncipe Paullo Inka.
-    La débil presencia del nominal gobernador del Kollasuyo: Challco Yupanqui Inka, el cual se convirtió en otro de los grandes traidores a la causa inkásica.

Así, los cacicazgos de nuestra región se encontraban desconcertados, pues veían a sus líderes militando en ambos bandos. Manco Inka ante esta crítica situación estaba en la obligación de dudar del apoyo de los del Kollasuyo. Atribulado por ser inminente el fracaso de reconquista tawantinsuyana, Manco Inka reinició su ofensiva centrando su atención en el Kollasuyo; para esto, nombró capitán general del Collao a su aguerrido hermano TISOC INKA, a quien se le encargó la dificilísima misión de "unir y sublevar" a esta región. “Usó para tal fin, esencialmente, las colonias de mitimaes cusqueñas de todas esas tierras”. Este hábil capitán, que tenía fama de ser grandísimo enemigo de cristianos,  hizo una rápida campaña anti-española y supo ganarse el respeto y apoyo de los pueblos del Kollasuyo para lograr su cometido.
Los primeros en ingresar en batalla fueron los contingentes de Cari Apaza, joven y belicoso cacique de los Lupaka, haciéndose llamar Hijo del Sol, recordando tal vez su dinástica vinculación con los inkas del Cusco.
A mediados de Julio de 1538, Hernando Pizarro con 80 jinetes, apoyado por Paullu Inka y sus miles de indígenas, iniciaron una arremetida a fin de liquidar la sublevación en el Kollasuyo; su objetivo fue capturar a Tisoc Inka y a los principales líderes insurrectos. Luego del paso de las sucesivas tropas de Diego de Almagro, fueron las huestes de Hernando Pizarro los siguientes en atravesar nuestra meseta.

“Hernando debió pensar que el Collasuyo estaba casi intacto en sus riquezas, pues salvo el paso de las columnas almagristas en 1535, ningún español había vuelto a entrar a esos territorios; ningún español, además, se había quedado esa vez” (50, 353).

Por las inmediaciones de Azángaro acamparon y, de allí Hernando Pizarro, despachó a su hermano Gonzalo (joven jinete de quien se decía que era "la mejor lanza de las indias") en pos de los rebeldes. Gonzalo Pizarro al frente de 30 jinetes y muchos auxiliares emprendió una feroz persecución, quien con su conocida pericia, caballos, armas de fuego, espadas, perros, armas metálicas, negros, etc., causaron el pavor en las poblaciones de esta región y lograron vencer a los rebeldes luego de varios encuentros con los sublevados.
Con estas incursiones violentas, prácticamente, se consolida el dominio hispano, quienes al poco tiempo trasladaron todo su acervo cultural plagado de injusticias.

 FRANCISCO PIZARRO POR JULIACA:

EN ENERO de 1539, estando Francisco Pizarro en el Cusco reflexionando en torno a las implicancias de la muerte de su socio Diego de Almagro y la forma de vencer a Manco Inka, recibió la noticia de que la Corona Hispana le había titulado Marquez con 16,000 vasallos. Esta nueva responsabilidad le significó otro reto en un territorio sumamente convulsionado. Con el objeto de cavilar mejor el futuro, en verano de 1539, Pizarro decidió alejarse del Cusco para conocer la prestigiosa región del Kollao. Al respecto, el historiador José del Busto Duthurburu nos dice que el Marquez “determinó conocer la gran laguna del Collao y partió, dejando por su Teniente en el Cusco al Licenciado Antonio de la Gama. El Gobernador pasó por Urcos, Checacupe, Tinta y Ayaviri, continuando por esta ruta hasta el gran lago sagrado de los incas”, “Orillando el lago por Poniente llegó hasta el curacazgo colla de Chucuito” (12, 257-9). Refiriéndose a este mismo hecho, Manuel de Mendiburu, manifiesta que “Entre tanto el Marquez Pizarro marchó a las provincias del Collado dejando por su teniente en el Cusco al licenciado Gama” (25, t.IX, 141).
Francisco Pizarro, aquel intrépido ágrafa, siguiendo el camino real de los inkas, pasó por los territorios y pueblos kollas; por primera y única vez, con sus propios ojos logró observar el riquísimo mundo kollavino, a su paso algunos naturales huyeron porque sabían que él era el culpable de sus recientes padecimientos; sin embargo hubo señores que en literas y con gran séquito salieron a recibirlo. Pizarro ingresó al Kollao sin grandes problemas ni glorias, el clima seguramente le fue favorable y los únicos obstáculos fueron los ríos que en algunos casos las vadearon y en los más la cruzaron a través de los puentes de madera y totora.
Cuando llegó a Xullaka o Juliaca, encontró a un conjunto de viviendas semi-desocupadas, con escasísimos moradores, pues no hacía mucho que sus hermanos (Hernando y Gonzalo) hosca y violentamente habían allanado el pueblo. El ambiente de inhospitalidad del lugar le hizo acelerar el paso, se maravilló del Lago Titicaca, y descansó en Chucuito; luego visitó Juli, Pomata, Zepita, Desaguadero, Tiawanaco, Huaqui, Charcas, hasta llegar a Chuquiabo (después La Paz) en donde atendió algunas reclamaciones, para de allí dirigirse hacia Arequipa.

JULIACA Y ALGUNAS REBELIONES HISPANAS:

LUEGO DE la muerte de Francisco Pizarro (26-VI-1541) el rico encomendero Gonzalo Pizarro asumió el liderazgo en la parte sur de la Gobernación, y Juliaca, como importante centro poblado, cae bajo su influencia.
A raíz de las guerras de codicia personal entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro (1537-1538), el Rey de España, Carlos V, por Real Cédula de 20 de noviembre de 1542, creó el Virreinato del Perú, en reemplazo de la Gobernación de Nueva Castilla, para darle límites más extensos. Con esta Real Cédula se creó también la Audiencia de Lima, con jurisdicción Virreinal; asimismo este documento iba acompañado de otras disposiciones conocidas con el nombre general de Nuevas Leyes, que entre otras cosas, suprimía las  Encomiendas y, por ende, abolía el trabajo forzado. Esta realidad legal afectaba los intereses de los ya fuertes encomenderos, los mismos que protagonizaron sendos alzamientos que costó miles de vidas e incluso la del Primer Virrey del Perú: Blasco Núñez de Vela en 1546.
La sublevación de los encomenderos fue encabezado por el poderoso encomendero de Charcas Gonzalo Pizarro, quien de allí se dirigió por el Camino Real hacia el Cusco en donde fue proclamado Procurador del Perú y reconocido como Gobernador del Perú. Luego de varias batallas fue derrotado por el Pacificador Pedro de la Gasca el 9 de abril de 1548.
Después de derrotar a los encomenderos encabezados por Gonzalo Pizarro, La Gasca, no pudiendo cómo repartir las 150 encomiendas entre los más de mil pretendientes, se fue a España en diciembre de 1542. Los descontentos con la distribución se organizaron en torno a Francisco Hernández de Girón, iniciando la sublevación el 14 de noviembre de 1553; en diciembre salió del Cusco con su ejército. En esta rebelión, Juliaca llegó a convertirse en Cuartel de los ejércitos leales a la corona; pues, enterado de la rebelión el General Alonso de Alvarado, salió de Potosí el 20 de enero de 1554 con su ejército compuesto por 775 soldados lúcidos, "En Juliaca le aguardaba Juan de Saavedra que había salido del Cusco con un grupo de leales" (47, t I). Aquí, en este tambo-ciudad se concentraron y organizaron las fuerzas españolas fieles al Rey quienes más tarde serían derrotados por el ejército rebelde. Francisco Hernández Girón fue vencido en Pukara el 8 de octubre de 1554.


LOS SUCESOS DE LAYKAKOTA.

EN LOS territorios de la actual localidad de Puno, durante los años comprendidos entre 1665 a 1668, ocurrieron una serie de sucesos que conmocionaron la estabilidad del Virreinato. Estos sucesos se originaron por el odio, envidia, ambición y avaricia unidos a las diferencias regionales ancestrales de los españoles. Por un lado andaluces y criollos y por otro vizcaínos y montañeses, se disputaban la hegemonía del fabuloso asiento de plata de Laykakota.
Luego de enconadas luchas, los andaluces y criollos, liderados por los hermanos José y Gaspar de Salcedo, fueron expulsados por los vizcaínos que tenían como líder al Gobernador o Corregidor señor Ángel de Peredo. Los de Salcedo instalaron una Junta en Juliaca, constituyéndose de esta manera en su Cuartel General, en cambio, la localidad de San Antonio de Esquilache, fue convertido en Cuartel de los vizcaínos; mientras estos últimos tenían el apoyo del Corregidor Peredo, los andaluces y criollos contaban con la decidida colaboración del Corregidor de Lampa, el maestre de Campo D. Juan de Salazar.
Gaspar de Salcedo, desde el Cusco enviaba a Juliaca armas de fuego, municiones, dinero y alentaba a la gente a fin de recuperar los territorios arrebatados por los vizcaínos. Francisco de España y el Licenciado Mestas, fueron los hombres de Salcedo que organizaron el movimiento en Juliaca. Según Jorge Basadre, el Vizcaíno Pedro de Arquiñigo, ex-gobernador de Paucarkolla tenía instrucciones “para que a fuerza de armas entrase a Juliaca donde habían ya aglomerados 2000 personas, contando indios y mestizos, disolviera aquella mesnada y apresase a Gaspar de Salcedo"; tarea ésta que no pudo concretar.
Para la oficialidad colonial, los Salcedo eran rebeldes que atentaban contra la estabilidad virreinal; en cambio, los vizcaínos eran considerados como leales a la corona hispana. Con el objeto de liquidar los escándalos en el Altiplano, la Audiencia de Lima, nombró y envió hacia Juliaca al Obispo de Arequipa Fray Juan de Almoguera, en calidad de pacificador. "Mientras el Obispo acompañado de don José de Avellaneda, Corregidor que había sido del Cusco, se disponía a pasar a Laycacota, los de la Junta de Juliaca entraron en el asiento por fuerza de armas..." Los días 8 y 9 de marzo de 1666, lunes y martes de carnaval, en las inmediaciones de Laykakota, se libraron cruentas batallas entre los grupos rivales. En estas luchas murieron aproximadamente 40 personas por bando, entre ellos D. Pedro de Arquiñigo; el gobernador Peredo fue herido gravemente, y sus aliados fueron derrotados por Salcedo.
Ante la gravedad de los sucesos, empeorado por los tergiversados comentarios y denuncias en Lima, obligaron a la Máxima Autoridad Virreinal, centrar su atención en Laykakota. Y, en medio de las batallas hegemónicas en agosto de 1668 arribó a Puno el mismísimo Virrey Conde de Lemos (D. Pedro Antonio Fernández de Castro y Andrade) (*) , quien de inmediato tomó acciones de pacificación y dentro de ellas llegó a reducir un ejército de 600 hombres que se habían atrincherado en Juliaca. Luego de un curioso como sumario proceso, el Virrey declaró traidor a José Salcedo (como lo fueron Gonzalo Pizarro y Hernández Girón) y le hizo aplicar el garrote el 16 de octubre de 1668, al mismo tiempo que mandó destruir los pueblos de Laykakota y San Luis de Alba(**) , a cuyos pobladores los mudó de residencia hacia la actual capital del departamento (***) . De estos últimos acontecimientos, aún no esclarecidos, empieza contarse el aniversario de la ciudad de Puno sin que haya “fundación española” propiamente dicho; sin embargo, recién en las últimas décadas se reivindican estos hechos, por ello el 13 de agosto de 1942, en sesión ordinaria, el Municipio de Puno oficializa el aniversario de esta ciudad, la misma que concluye con la dación de un Decreto Supremo de fecha 20 de octubre de 1954, el cual reconoce como Día de Puno, y declara feriado en aquella provincia el 4 de noviembre por recordarse el 286 aniversario de su fundación española.


CONSOLIDACIÓN HISPANA:

La conquista española no sólo fue militar, sino que significó la transformación integral del panorama andino; nuevos hombres, técnicas, animales y vegetales empezaron a dominar el paisaje físico y espiritual modelado por hombres virtuosos que sin misericordia fueron desalojados. Con la irrupción hispana, en el agro-pastoril escenario los amaneceres fueron reemplazados por el sonoro cántico de los gallos, los cacareos de las gallinas, así como con los estruendos de bronce que nacen de los campanarios. Al decir de Luis E. Valcárcel, “El paisaje jocundo y feliz tórnose doliente y sombrío”.


a)     Encomiendas y Corregimientos:
   
    Dominada militarmente el Kollao todas estas tierras pasaron a ser consideradas como patrimonio de la Corona española. Y, con la intención de retribuir a los "notables conquistadores" por sus acciones y servicios, en lugar de asignarles un salario permanente la paga por su labor no sólo fue en metales preciosos, sino en el Reparto de tierras e indígenas sometidos y por someter. Es decir que los españoles se apropiaron, por el burdo derecho de conquista, de hombres, tierras y animales del inkario en encomiendas "formando grandes feudos pletóricos de injusticia". Las encomiendas se otorgaban a través de una especial ceremonia, así encontramos cómo, previo juramento por el Corregidor se entregó a Cabanillas en calidad de Encomienda a don José Ramírez y Zegarra, el día 4 de setiembre de 1575:
   
    "El Corregidor tomó de las manos a los indios Baltassar Cabana Apassa, cacique principal y a otros indios: Francisco Acusha y Baltasar Ticona y se les entregó por la mano a Ramírez dándole posesión. El encomendero los atrajo de las manos, les quitó las mantas con que estaban cobijados y se las tornó a cubrir en señal de posesión que tomaba de la encomienda que fue por dos vidas". (33,23).
   
    El sistema de las encomiendas, que “como su nombre lo indica, eran circunscripciones que se encomendaban a españoles con tres finalidades: enseñar la religión católica, cobrar los tributos y proteger a los indios” (36, 28), pero todo esto “fue una ficción, pues no era otra cosa que el comienzo de una servidumbre personal y de explotación. Se convirtieron bien pronto en institución de oprobio” (33). Y “en lo económico y social no fue otra cosa que el trasplante de la Metrópoli a las colonias de un régimen feudal, en el que primó la explotación llamada servidumbre, sometiendo al aborígen a una verdadera esclavitud” (31,33). A pesar de tener expresamente otros fines, las encomiendas posibilitaron a que los soldados permanezcan en lugares escogidos así como contribuyó a que la población se diezmara. El reparto de "tierras, indios y animales" permitió que los encomenderos se convirtieran en poderosos personajes que se dedicaban a succionar criminalmente la parte del botín que les había tocado. Las primeras décadas de dominio hispánico significó para la meseta kollavina una profunda transformación brusca e integral, que se manifestó en la “caída demográfica de hombres y auquénidos, introducción del ganado europeo (*), implantaciones de los gérmenes del sistema de hacienda que combinaron la gran propiedad territorial con el mantenimiento de las costumbres y relaciones del trabajo prehispánicas" (37,59), etc.
   
b)     Los Repartimientos:

“La introducción de la encomienda y el repartimiento en el Altiplano, siguió un proceso dual, pues paralelamente se introdujeron ambas instituciones opresivas” (37, 58). Si legalmente las encomiendas habían sido eliminadas, éstas subsistían con la denominación de Corregimientos; incluso, en la práctica, en muchos documentos se las menciona indistintamente. La Encomienda subsistió durante todo el Coloniaje dentro del Corregimiento.
Los corregidores, a pesar de que eran funcionarios públicos, entre otras actividades, se dedicaban al comercio privado dentro de sus circunscripciones mediante el sistema de los Repartos de mercaderías, que consistía en una venta forzosa y obligatoria por parte del corregidor hacia los nativos, quienes estaban obligados de recibir, a precios elevadísimos, en calidad de venta, diversos objetos, en muchos casos inútiles. En nuestro medio, la crueldad de los corregidores superó a la de los primeros encomenderos.

“Benéficos en principio, los repartos se tornaron en la más irritante explotación. Los corregidores obtenían subidas ganancias indebidas y burlaban los pagos fiscales con olvido de su juramento de fidelidad. En una palabra, extorsionaban a los indios y traicionaban al monarca en su afán de obtener ganancias personales. Para sus Repartos adquirían mercaderías ordinarias, averiadas o de escasa demanda y al visitar su jurisdicción las distribuían de manera arbitraria. Era tragicómico contemplar a indios dueños de una vista excepcional adquirir a precios exorbitantes un par de anteojos; a otros, sucios y harapientos, tomar entre sus manos un fino paño de terciopelo o prendas de seda en trance de deterioro. Cuando el indio no podía abonar puntualmente sus deudas, la familia del moroso o a veces del fugitivo sufrían represalias monstruosas; y si pagaban las deudas en breve plazo, el corregidor repetía el negocio so pretexto de que la pronta cancelación significaba una necesidad urgente de readquirir aquellas mercancías”(43, 19).

Por estos y otros cínicos malabarismos de explotación, desde el inicio de la dominación hispana, la historia de Juliaca fue la historia de la opresión indígena y de la lucha por la liberación, porque su sistema social fue destruido y reemplazado por otro tiránico llegado en corceles, con la espada y la cruz como emblemas, produciéndose así nuevas relaciones de producción entre gobernantes y gobernados.
La población juliaqueña, así oficialmente quedó condenado a tener sólo obligaciones sin un ápice de derechos.
Concluiríamos que con Toledo se consolida la dominación hispana, pues este personaje, luego de organizar la “Visita General” a esta colonia, eliminó costumbres ancestrales, ejecutó su plan de Reducciones que desintegró al país despoblándola, eliminó los tributos en especies, introdujo el dinero en la masa nativa, etc. Así, observamos que Toledo aplicó una política de desperuanización o mejor dicho de desinkanización.

 
 FUNDACIÓN ESPAÑOLA DE JULIACA:

Los españoles para fundar una determinada ciudad realizaban una serie de actos solemnes. Pero esto no ocurría en todos los casos, ya que para las pequeñas ciudades bastaba la dación de un documentos que los reconociera como tal. Muchas son la ciudades que no cuentan con Acta de Fundación propiamente dicho, sin embargo, la raíz de sus actuales efemérides son hispánicas, por figurar sus nombres en algunos documentos oficiales de la época o por la coincidencia de la fecha de iniciación de la construcción de sus templos.
Juliaca, También figura en muchos documentos coloniales, como ya lo demostramos oportunamente, y uno de ellos, quizá el más importante data del 23 de junio de 1565, emitido por el Licenciado Lope García de Castro.
    El Licenciado Lope García de Castro cuando ejercía la máxima autoridad virreinal con el Título de Gobernador del Perú (1564-1569), fue una de las primeras autoridades que se preocupó por organizar el vasto Virreinato. Dentro de este marco, ordenó la fundación, creación y organización de pueblos para el mejor gobierno de la colonia. En virtud de esta política consideró oportuno dar formalidad a los corregimientos “y que en cada una de ellas haya un Corregidor … y para que de orden se junten y reduzcan a pueblos como S. M. está ordenado y mando para que mejor sean doctrinados”.
    Esta decisión estuvo refrendado por sendos documentos que validaban el accionar del Gobernador. En un documento que data del 23 de junio de 1565, este funcionario nombró como Corregidor de los repartimientos de la provincia del Collao al Licenciado Pedro Mexia; con este mismo instrumentos legal se otorgó en encomienda el Repartimiento de Juliaca a don Diego Hernández, quien fue también su regidor.
    Lope García, en junio de 1565 señaló a los siguientes pueblos (repartimientos) como integrantes del Corregimiento del Collao:

“Assillu, Asángaro, Chupa, Arapa, Taraco, Chiquichaque, Xullaca, Caracoto, Manaso, Atuncolla, Nicasio, Cavana, Cavanilla, Lapa, Quipa, Pucará, Angora y Ayabiri” (33, 288).

    Debido a que en este documento aparece nuestra región debidamente organizada, y con sus autoridades designadas oficialmente, podemos concluir que el 23 de junio de 1565, es la fecha de fundación española, tanto de Juliaca, como de los demás pueblos que integraban el Corregimiento del Collao.

JULIACA COMO REPARTIMIENTO.

A FIN de controlar mejor los dominios del Rey de España, el Virrey Toledo (1570-1575), dividió el Altiplano en 8 Corregimientos: Paucarkolla, Chucuito, Orcosuyo, Asillo, Azángaro, Cabana-Cabanillas, Carabaya y Caracollo. Cada uno de estos corregimientos estuvieron divididos a su vez en Repartimientos. Así el altiplano quedó distribuido oficialmente entre los españoles, y los pobres pobladores fueron reducidos o juntados en determinados pueblos, pues su dispersión no facilitaba la conversión al cristianismo, vigilancia de sus costumbres, recaudación tributaria, así como no permitía un inflexible control político, cosa que ahora sí podían ejercitarlo. La política española de "desestructuración ha introducido una nueva formación económico-social, mixtión de elementos andinos y europeos, despoblación y mestizaje, han marchado paralelos" hasta muy entrado en la República.(37).
En octubre de 1572 Juliaca recibió la visita del Virrey don Francisco de Toledo, quien desde Cusco se dirigió hacia Potosí. Por título y merced de este Virrey, en 1573, el Repartimiento de Juliaca fue encomendado a don Pedro de Bustinza por dos vidas; por lo que, a la muerte de este, el Repartimiento de Juliaca, pasó a poder de su vástago Ordoño de Valencia. Por aquel entones, el Repartimiento de Juliaca tenía 3639 habitantes, los mismos que estaban distribuidos de la siguiente manera:


¿Qué indica el cuadro que antecede? Indica que el Repartimiento de Juliaca en el siglo XVI, contaba con dos tipos de población, es decir que, de los 3639 habitantes, 1202 personas, que constituyen el 33.03%, fueron personas traídas de comunidades alejadas y dispersas; en cambio 2437 que constituye el 66.67% del total de la población eran naturales de Juliaca. El Repartimiento de Juliaca sólo tenía 692 hombres tributarios, lo cual no significa sino que la población indígena ya venía sufriendo, sistemáticamente, un atroz genocidio, de ahí que sólo el 19% de la población en general fueron empadronados como personas aptas para pagar tributo; el resto de la población, que constituía el 81%, estaba integrado por impedidos de tributo, viejos, menores de 17 años de edad, mujeres, etc.
El cuadro también indica el panorama de despoblación producida por la brutal política de explotación introducida por los españoles, puesto que muchos miles huyeron y otro tanto fueron muertos en heroicas gestas o en los socavones del Ande.
Por ejemplo, se afirma que cuando arribaron los españoles, Juliaca tenía 7 grandes ayllus, de las cuales sólo sobrevivieron 2, los demás fueron víctimas de la brutal política genocida implantada, es decir que muchos miles murieron al oponerse a la agresión española y muchos otros fueron enviados a las minas de Laykakota, Potosí, etc. a cumplir con la mita minera; de estos últimos, los pocos que regresaron encontraron que sus tierras ya no les pertenecía. En los terrenos dejados por los tributarios indígenas los españoles instalaron sus estancias para aprovechar los recursos que de allí se obtenían, así como importaron ovinos, vacunos y algunos otros elementos exóticos para adaptarlos en estas tierras arrebatadas de sus legítimos posesionarios. De esta manera se implantaron las primeras formas de propiedad privada sobre extensas áreas geográficas.


 PRIMEROS RESIDENTES ESPAÑOLES EN JULIACA:

DURANTE LA dominación hispana, Juliaca fue un importante centro poblado en donde convivían naturales y españoles o cristianos. La población española, al igual que en otros lugares, se estableció en el mismo lugar en que los inkas habían instalado o fundado el pueblo-tambo de Xullaka, es decir en las inmediaciones del pequeño cerro de Jatun Rumi (hoy Santa Bárbara). Cuando arribaron los primeros españoles con intenciones de avecindarse, no dudaron de instalarse en las moradas en que estaba asentado el pueblo kechua, a cuyos habitantes los desalojaron y reubicaron en lugares adyacentes, al mismo tiempo que aprovecharon burdamente su fuerza de trabajo.
Los primeros residentes ibéricos, bautizaron a esta población como Santa Cecilia de Juliaca, y como fieles ejecutores de la política colonial, contribuyeron también con la rápida baja demográfica indígena para apropiarse de sus bienes, al mismo tiempo que se acomodaron con cinismo al trueque para acrecentar ostensiblemente sus riquezas.
Desde las primeras décadas de la consolidación hispana, Juliaca se constituyó en un lugar apropiado para realizar transacciones comerciales previas a la de Potosí. Siguiendo con la tradición, los primeros españoles residentes instalaron grandes posadas y lugares de entretenimiento, ya que aquí “obligadamente” arribaron y descansaron miles de mercaderes y arrieros, los mismos que dieron un aspecto de Centro Comercial importante de la zona gracias al Camino Real que los inkas construyeron.
Debido al fuerte movimiento financiero, hacia 1627 arribó a nuestro medio el “Escribano de su Majestad don Martín de Echevarría y Andicano” quién permaneció en la zona hasta 1639; durante su estadía, este Escribano registró importantes datos acerca de algunas costumbres “urbanas”, y de donde se puede concluir que en aquel entonces, Juliaca era un lugar de paso y descanso obligatorio, en donde los comerciantes españoles se dedicaban a frivolidades, como juegos de azar, poniéndose en juego grandes fortunas. En estos juegos, algunos obtenían fáciles fortunas y otros perdían ingentes riquezas; y de esto juegos de envite se derivaban una serie de conflictos entre apostadores. Debido a las grandes sumas de dinero que se movía en Juliaca, las autoridades coloniales tuvieron que enviar a este funcionario para que regule, registre y legalice estas transacciones.
Durante los 12 años de permanencia, el Escribano Real, legalizó muchísimas transferencias de fabulosos bienes, ganados o perdidos por los españoles residentes en Juliaca; Don Cristóbal de Escarcena y Avila, fue el juliaqueño que aparece reiteradamente en los documentos del referido Escribano. Entre los principales españoles radicados en Juliaca durante aquellos tiempos podemos mencionar:

•    Duarte de Tovar;
•    Melchor Bazán de Brito;
•    Cristóbal de Escarcena y A;
•    Matías de Mola;
•    Alonso de Añasco;    •    Paulo de Meneses;
•    Hernando Xaramillo Andrade;
•    Melchor Maldonado;
•    Pedro Ramírez;
•    Alonso de León Minaya; etc.


En 1684, en Juliaca se llegó a constituir la COFRADÍA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, integrada por residentes españoles y nativos de prestigio. “La misión de esta institución, era administrar los bienes y rentas de la iglesia, constituidos por la Hacienda Mucra, que poseía 5,000 ovinos”.(*)

 EL KOLLAO PARA LOS PRIMEROS EUROPEOS:

    LOS PRIMEROS europeos que arribaron, observaron y escribieron sobre nuestro medio, tuvieron una variada, pero interesante opinión acerca del kollasuyo. Veamos algunas de estas apreciaciones que tienen interés histórico.

    PEDRO CIEZA DE LEÓN, cuando ingresó al kollao, consideró a esta región como la mayor y más poblada comarca del Perú, él nos dice que “Desde Ayavire comienzan los collas y llegan hasta Caracollo”. El cronista dice ser toda sierra llana con abundante agua y mucho ganado; su clima es frío y por esta causa no se cultiva maíz; es una zona muy ventosa lo que le quita atractivo; asimismo, manifiesta que el “principal mantenimiento es la papa que saben secarla al sol y que entonces le llaman chuño. Otros productos son la oca y la quinua”.
    “Los pueblos tienen los naturales juntos, pegadas las casas unas con otras, no muy grandes, todas hechas de piedra, y por cobertura paja, de la que todos, en lugar de teja, suelen usar. Y fué antiguamente muy poblada toda esta región de los Collas”.
    “Andan vestidos de ropa de lana… En las cabezas traen puestos unos bonetes a manera de monteros, hechos de su lana, que nombran chucos; y tiénenlas todos muy largas y sin colodrillo”. “Las mujeres se ponen en la cabeza unos capillos casi del talle de los que tienen los frailes”.

    VASQUEZ DE ESPINOZA, indica que es tierra llana y muy fría, siendo su principal producción la papa. Menciona los siguientes pueblos: Cauana, Cauanilla, Vilque, Mañasco, Orurillo, Hatun Colla, Nicasio, Jullaca, Pucara, Orcosullo, Ayavire, Asillo, Asángaro, Oruro, Taraco, Pusi, Samán, Puno, Ichu, Coata, Capachica, Vilque, Moho, Huancané, etc. Afirma que las gentes “visten ropa de lana y se ponen en la cabeza una cinta negra que la rodea. Son sus sepulturas unas torrecillas con puerta hacia la salida al sol”. “Las mujeres llevan por tocado un bonete negro que llaman panta, de más de media vara de alto que remata en media luna”.

    POLO DE ONDEGARDO, dice del kollao que, si no ubiera ganado no estaría poblado por seres humanos “porque aunque en ella se cogen papas y quinoa y ocas,… y generalmente no se da otro género de comida, y vivirían pobrísimos y les sería forzoso despoblarla, y son con el ganado, ricos… y visten mejor y más abundantemente que los que habitan en tierra fértil; y viven más sanos y están más multiplicados”…

    PEDRO SANCHO cuenta que los primeros españoles que vinieron a ver la provincia de Kollao demoraron 40 días y a su regreso informaron que estas tierras “están muy apartadas del mar tanto que los naturales no tienen noticia de él, que es alta, llana y sumamente fría, que no hay bosque ni leña que quemar y que la que consiguen lo hacen por trueque de llamas con los de los yungas, que el suelo parece estéril, pues sólo da algunas raíces y yerbas y muy poco maíz que, en cambio, hay mucho ganado, pero que la carne que comen es poca, porque para dar muerte a una res deben tener licencia expresa del curaca o gobernador de la tierra”. Asimismo comenta que la zona es muy poblada, los pueblos son de regular tamaño y las casas son pequeñas, con sus paredes de piedra y adobe con techos de paja; que el pasto es corto y ralo; que hay una gran laguna como de 100 leguas y que la mayor población se encuentra a su alrededor.

    EL PADRE MURÚA dice que el Kollao es tierra fría así como abundantísimas en “llamas y alpacas que caminaban muy despacio con una carga liviana”. Agrega que los hombres viven hasta más de 100 años, alimentándose de papa y chuño. También manifiesta que aquí se presenta el mayor número de huacas, siendo la más famosa la de las islas del Titicaca. Tampoco se olvida de indicar de la gran muralla existente en la zona de La Raya, la misma que servía para señalar los límites en el norte del gran reino Kolla.

    PEDRO PIZARRO expresa que la gente del kollao reside en una tierra fría en donde no se siembra maíz, sino sólo papas, ocas y quinua. “Estos collas entendían en guardar los ganados del sol, que era muy grande cantidad, por ser sus tierras muy ricas en pasto. En los despoblados se criaba enorme cantidad de ganado montés o sea de guanacos y vicuñas, de ciya lana se aprovechaba”. Cuenta que cada año se hacían grandes cacerías o chacos para coger este ganado silvestre. Agrega que “los indios de estas provincias del collao era gente sucia que cometía pecados abominables, que muchos varones andaban en hábitos de mujeres, que visten ropa de lana basta, que traen los cabellos largos y encriznejados, tanto hombres como mujeres”.

    P. DIEGO DE MENDOZA manifiesta que “toda la tierra del Collao es alta y llana”. “El clima general es destemplado por los grandes vientos fríos de las cordilleras”. La papa es el principal fruto de la tierra, siguiéndole la quinua en importancia; de la papa ruki se hace chuño. También nos dice que la meseta está cruzada por caudalosos ríos y que en la zona hay muchos pueblos, además el lugar es copiosísimo de pastos para criar ganado y que es grande la cantidad de lana que proporciona.

EL LICENCIADO MATIENZO dice que “La tierra es principalmente llana, con grandes despoblados llenos de ganado silvestre y con muchos pastos que alimentan los grandes rebaños de auquénidos”. “Es la zona más fría del Perú, lo cual se debe a su gran altura: no se da maíz y no hay árboles. Produce papas y quinua y de aquellas se prepara el chuño, alimento muy estimado; también produce oca. El año es bueno cuando llueve”.

Con respecto al hombre del kollao, alcanzamos la siguiente opinión del autor de la “Monografía del Departamento de Puno”: “Los estudios de antropología nos dicen que los collas eran fuertes y de elevada estatura”.

TEMPLO COLONIAL DE JULIACA

DEBIDO A la importancia que había adquirido Juliaca, durante el primer siglo de la Colonia, arribaron a este repartimiento numerosos comerciantes, algunas congregaciones religiosas y no pocos personajes de importancia; muchos visitaron el pueblo momentáneamente y algunos lograron quedarse.


Desde el punto de vista religioso, fue la Orden Religiosa de los Jesuitas, quienes desafiando y venciendo una serie de obstáculos, lograron asentarse en este pueblo a la que bautizaron como Santa Cecilia de Juliaca, y encontraron como lugar propicio para instalar un centro religioso, las partes elevadas del pequeño cerro de Jatun Rumi y a la que llamaron Santa Bárbara. En la cima de esta elevación orográfica, los discípulos de San Ignacio de Loyola lograron instalar la sede de un curato; allí, en 1639 fue aperturado el Primer Libro de Bautizos. Y, el 22 de enero de 1640 es nombrado como Párroco el Bachiller Don Francisco Pérez.
Luego de la visita del Virrey Toledo (1572), los ayllus aislados fueron “reducidos” y Juliaca fue convertido en una pequeña unidad administrativa y social, sin hálito urbano; pues no tenía plaza, Iglesia, ni Cabildo oficiales. Sin embargo, este pueblo se constituyó en un importante “centro de conversión religiosa y foco de difusión cultural”(17, t.2, 39).


a) LA CAPILLA DE SANTA BÁRBARA:

Hasta 1649 no existía un lugar apropiado para efectuar los actos litúrgicos, y a fin de superar esta limitación, el 17 de enero de 1649, el párroco de Juliaca, don Pedro Alfonso de Rivera y Casas emitió un Decreto ordenando la edificación de un templo en la cima de Jatun Rumi, el mismo que debía estar financiado por los devotos de este curato.
El Decreto fue acatado de inmediato, y con las tradicionales formas de exacción tributaria, se consiguieron los recursos económicos y se inició la obra. En un espacio de dos meses y medio, los mitayos hicieron realidad la voluntad del Párroco. Con los actos litúrgicos de la Semana Santa de 1649 se inauguró esta Capilla.
Esta primera infraestructura fue levantada sobre cimientos de piedras y con paredes de adobes, con techo de dos aguas y cubierto con palos y paja. En el interior de esta capilla, se encontraba reluciente la imagen de Santa Bárbara.
La nueva edificación atrajo a un gran número de personas, y el párroco se dio cuenta de que el recinto era muy estrecho, pues mucha gente no pudo ingresar a contemplar a la Virgen. Esta situación, obligó a tener que planificar la edificación de un Templo Mayor, a fin de que la feligresía tenga las comodidades del caso.


b) LA IGLESIA BLANCA:

No se ha podido encontrar el documento que ordene la construcción del actual Templo Colonial que adorna nuestra plaza central. Se acepta que el Rvdo. Pedro Alfonso de Rivera y Casas, fue el que con gran entusiasmo inició las gestiones para lograr la autorización de hacer edificar un templo de grandes proporciones. Mientras le llegara la orden superior, este Párroco no dudó en apresurar el inicio, pues tenía plena confianza en que su pedido sería atendido afirmativamente; y, lo que es más, contaba con el pleno apoyo de los “vecinos notables” del lugar.
Utilizando el mismo Decreto del 17 de enero de 1649, este discípulo de San Ignacio de Loyola, con gran habilidad logró darle formalidad al mencionado documento para comenzar con su anhelo. El primer gran problema fue el aspecto económico, ¿Cómo iba a financiarse la obra?. Por Real Cédula del 24 de abril de 1550 se reglamentó la participación de los indios en este tipo de trabajos, así como se estableció que el  costo de los templos se hiciese por tercias partes, repartidas entre la Real Hacienda, los vecinos españoles y los indios. Los Jesuitas, que fueron los que planificaron, eligieron el material y dirigieron la construcción, porque conocían las normas del arte sacro, no actuaron con entera autonomía, pues tuvieron que hacer una serie de consultas ante sus superiores, así como también con los ciudadanos europeos residentes en Juliaca, quienes hicieron denodados esfuerzos por tener un templo majestuoso y con imponentes campanarios, por ello es que, la edificación es una especial combinación artística de varios estilos y que en el fondo representaba una especie de rebeldía contra el arte oficial.




c) LA EDIFICACIÓN:

Después de más de tres décadas de la dación de aquel Decreto, los trabajos se iniciaron con gran regocijo. El comienzo se demoró porque tuvo que hacerse serios estudios y grandes gestiones. Se inició luego de un cuidadoso análisis, elección del lugar, ubicación, material, dimensiones y designando espacios adecuados para la edificación de otras infraestructuras públicas como cabildo, cementerio, convento, ejidos para uso general y para el futuro crecimiento de la población, así como espacios para los residentes de esta localidad. A partir de entonces, las calles serían anchas, rectas y cortadas en ángulo recto.
Se afirma que el comienzo fue precedido de un solemne acto de iniciación, con participación de toda la población residente. La ceremonia sirvió también para designar los turnos de trabajo que efectuarían los “indios tributarios” o mitayos, los mismos que fueron agrupados en cuadrillas de dos centenas (200). En estos mitayos recayó la penosa tarea de trasladar bloques de sillar, presumiblemente de canteras vecinas (Lampa), e incluso hasta de Arequipa; otros se encargaron de traer grandes pedazos de otras rocas de cerros aledaños. Mientras muchos sacaban y trasladaban las rocas fundamentales, hábiles alarifes empíricos se encargaban de hacer argamasa o calicanto, otros se encargaban de modelar, esculpir o tallar y levantar las paredes fundamentales.
En los primeros años los trabajos fueron sumamente intensos, y por todos los medios, las autoridades eclesiásticas atizaban el fervor religioso a la feligresía y éstos a su vez a los demás pobladores nativos, a fin de que las “colaboraciones” y demás contribuciones y recursos aumentaran para acelerar la conclusión del Templo. Con lentitud y muchas interrupciones iba creciendo el templo y su torre. Hacia 1714 ya estarían acabados las partes más difíciles del edificio, incluyendo su característica Portada.
En 1736 el Cura era don Andrés de Yépez, con quien la obra adquirió cuerpo; a este le sucedió el Párroco Luis Guillermo Alvarez.  El señor Sebastián Ata Yupanqui fue el maestro Canterón. “Este Maestro Cantero procedente del Cusco, indígena como puede apreciarse, y que no sabe firmar, constituye una prueba invalorable de la participación de mano de obra calificada cusqueña en la génesis de lo que se ha dado en llamar la arquitectura “mestiza” del Collao”(*).
A partir de 1750 se aceleró la construcción gracias al Gobernador juliaqueño Agustín Cahuapaza, quien fue nombrado ecónomo y administrador de la obra por el Obispado del Cusco.(**) Sin embargo, a pesar del entusiasmo reinante, las actividades religiosas del siglo XVII y parte del XVIII, continuaron efectuándose en la Capilla de Santa Bárbara, ya que los proyectos del Reverendo Alfonso de Rivera, sufrió un considerable retraso y muchas modificaciones. Los factores que contribuyeron al retraso de la conclusión de esta obra, pueden sintetizarse en los siguientes:

•    Carencia de recursos económicos;
•    Suspensión de los trabajos por orden del Obispado del Cusco; y
•    Expulsión de los Jesuitas en 1767.
   
    Los oficiales reales que enviaban parte del financiamiento “para la fábrica de la obra de la Iglesia de Juliaca” ya no enviaron los pesos necesarios, y por mandato del Obispado del Cusco, se suspendieron los trabajos, pues se ordenó que los mitayos abocados en esta tarea, fueran trasladados a los asientos mineros. Pero, a pesar de esta evidente limitación, la construcción no se detuvo definitivamente, ya que la voluntad de la Compañía de Jesús seguía latente. Pero, a estas alturas, cuando faltaba poco para estrenarlo, los Jesuitas fueron expulsados del país (1767), con lo cual tuvo que suspenderse los trabajos.
    El escritor Dionisio Torres Juárez, afirma que en esas circunstancias apareció la figura de una mujer, quien puso “hacienda y brazos” a fin de continuar y concluir la obra. Esa mujer fue doña Catalina Fernández y Fernández, y por su devoción, valiosa y decidida actuación, la flamante y majestuosa arquitectura, que debía llamarse Santa Cecilia, fue denominada Santa Catalina. Seguramente el cambio nominal se efectuó sin causar gran conmoción, porque las fechas de ambas santas tenían una separación de sólo dos días.
    La obra habría quedado concluida en 1774, según testimonio de la propia fachada, durante la gestión del Párroco limeño Manuel de la Peña Montenegro, quien en 1784 declaró lo siguiente: “concluí la obra de la Iglesia de Juliaca por cuyo mérito el Illmo. señor Dr. Don Juan Manuel Moscoso y Peralta, Dignísimo Obispo de esta Diócesis, en la visita que hizo de dicha Doctrina me destinó por segunda vez de coadjutor de la misma”.
    Esta obra de arte, que costó el esfuerzo de más de 3 generaciones de albañiles, tuvo por combustible mucho sudor, lágrimas y vidas.
    Esta joya que hoy admiramos, en un inicio estuvo proyectado con dos imponentes torres, pero que, debido a las razones expuestas, ha quedado con una sola torre y un campanario, con varias campanas que armonizaban sus sonidos para convocar a multitudes.
    d) DECLARACIÓN DE MONUMENTO HISTÓRICO NACIONAL:
   
    Por constituir una joya artística e histórica, gracias a las gestiones del representante Sr. de Noriega, el Gobierno Central, a través de la Ley N° 10028, del 24 de noviembre de 1944, ha declarado MONUMENTO HISTÓRICO NACIONAL al actual Templo Colonial de Santa Catalina.
   
    e) ULTIMAS REFACCIONES DEL TEMPLO COLONIAL
   
    A partir de la instalación de la Parroquia en este local de sillar en el siglo XVIII, el Templo fue objeto de muchas refacciones y modificaciones, pues fue blanco de varios ataques directos, ya que en momentos de graves crisis sociales, el interior del Templo se convirtió en el último refugio de salvación humana, tal como ocurrió, por ejemplo, en la sublevación de los Túpac Amaru (1780-1782), Pumacahua, etc., lo cual, entre otras consecuencias, ha provocado severos daños en su infraestructura, y en otras ocasiones fue presa de graves incendios que hizo desaparecer valiosísimos documentos y obras de arte insustituibles.
    Por la acción destructora directa e indirecta del hombre, el maltrato del tiempo, el desarrollo tecnológico, así como por las necesidades de protección y de brindar mejores comodidades a la feligresía, el templo fue reparado en reiteradas oportunidades; y, de la que tenemos noticias data de 1946, es decir, dos años después de que fuera declarado Monumento Histórico Nacional. El periódico “El Progreso”, del 28 de Julio de 1949, al respecto informaba:
   
    “La reconstrucción de este hermoso Templo se inició el 4 de junio de 1946, y desde esa fecha siguen los trabajos ininterrumpidamente, habiéndose comenzado por la reforma completa del coro, gradería adyacente y de acceso de pura piedra y puerta de comunicación a la Torre. Se continuó con la refacción de la cúpula, haciéndose la renovación de la capa de cal y arena que estaba sumamente gastada por el tiempo, a la vez que se iniciaba la reparación de la parte interior del Templo con la ampliación de las ventanas del altar mayor, estuque y pintura al óleo de ese sector y continuándose con los pilares y muros internos de la iglesia, a la que se le ha cambiado todo el techo con tejas de cemento y en parte se le ha hecho la reforma de la torre. (...)
    Esta esforzada labor se debe únicamente al Rvdo. Padre Párroco Fr. Manuel J. Salas B. y a la valiosa contribución de los óbolos de los fieles en gran parte las entradas de la parroquia.
    Los gastos efectuados de esta magnífica empresa ascienden hasta el momento a la suma de 25 mil soles”.
   
    El Rvdo. Padre Francisco Vargas Machuca, que asumió la Parroquia de esta doctrina en marzo de 1951, fue el que hizo concluir la refacción de esta majestuosa edificación, la misma que fue protegido por muros de piedra y cemento.
   
    El 27 de setiembre de 1963, los diputado Róger Cáceres, Néstor Cáceres y Julio Arce, solicitaron en su Cámara una partida económica ascendente a la suma de S/. 150,000.00 para que se construya la segunda torre “que falta en la Iglesia Matriz de Santa Catalina declarada Monumento Histórico, por ser una bella expresión de la arquitectura colonial. La aludida no fue concluida por la expulsión de los Jesuitas y la Iglesia está ubicada en la Plaza del mismo nombre”. Este petitorio no prosperó.
    En 1968, con el R.P. Salvador Ocola, se realizó una de las últimas refacciones al Templo, y en aquella ocasión se retiró el muro protector y se la reemplazó por columnas de sillar y rejas de metal, se cambian los muebles interiores, el decorado, etc. La parte delantera (atrio) cambia de aspecto, y el piso es cubierto de piedrecillas redondeadas (de río). Con estas mismas pequeñas piedras (negras y blancas) se hicieron decorados sin mucho criterio religioso, pues si se observa atentamente el piso del ingreso principal, veremos que está el Escudo Provincial, el nombre del templo, el nombre de la entidad restauradora, el año de la posible iniciación de su construcción y el año de su última refacción; también se puede observar una serie de figuras nativas y exóticas inapercibidas comúnmente.
    Asimismo, en el atrio de la portada del lado norte, también se observan estos detalles incluido el nombre del personaje que dirigió la restauración, es decir, la del arquitecto práctico Gregorio Moroco Layme.
   
    e) DESCRIPCIÓN FÍSICA DEL MONUMENTO:
   
    Hasta hace pocas décadas la mayestática edificación colonial podía  observarse desde varios kilómetros de distancia y las resonancias de las campanas también podía oírse desde muy lejos; hoy, los modernos edificios de concreto y torres de metal lo han eclipsado en este privilegio, pero aún así conserva su belleza y esplendor.
    La forma primigenia, hoy ligeramente deformada, fue la de una inmensa cruz latina con su tradicional cúpula en el cruce. Esta maravillosa combinación de estilo, arte, sillar y piedra de estilo barroco y jesuítico, en la actualidad constituye uno de los elementos peculiares que identifican a nuestra localidad y, a pesar de los siglos trascurridos, conserva su singular arquitectura, en donde claramente destacan los siguientes elementos decorativos:
   
•    SU TORRE: La imponente torre de forma cuadrada está eregido con sillar sobre una base de roca nativa. En la parte superior se encuentra el campanario y en su cúspide se encontraba una cruz de sillar rodeado por 8 torrecillas, que hoy quedan como centinelas desamparados.
•    LA PORTADA: Es la parte exterior primorosamente trabajada, pues su decorada fachada debajo del frontispicio o del clásico arco triunfal, presenta los siguientes caracteres:

    Seis columnas torneadas grandes: 3 hacia la izquierda y 3 hacia la derecha. 4 en la parte baja y 2 en la parte alta.
    Dos columnas torneadas pequeñas: Uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Estos en la parte alta.
    Dos espacios ahuecados en la pared, en donde, seguramente, se colocaban las imágenes de algunos santos o vírgenes , esto en la parte bajo.
    Una portada con su respectiva ventana, esto en la zona alta.
    Puertas talladas artísticamente en madera.
    En la cima de la portada existen dos torrecillas de sillar en ambos extremos y en medio de ellas hay una cruz que descansa sobre su respectiva peana o pedestal.
•    LA CÚPULA: La cúpula de la Iglesia remata en una excelente combinación de cuatro columnas, arcos y torrecillas, que en conjunto viene a ser el cupulino o remate superior de la cúpula.
•    Casi todas las partes elevadas de esta majestuosa edificación están coronadas de pequeñas y medianas torres artísticamente trabajadas, todas ellas descansando en sus respectivos pedestales cuadrados. Estas figuras decorativas a manera de vigías adornan esta peculiar infraestructura.
•    En el lado derecho del templo o sector norte, se puede observar una puerta de modelo moro o arabesco, esto en cuanto a la forma.
•    En la base de sus paredes y contrafuertes predominan las rocas de canteras cercanas.
•    Da un peculiar aspecto y complementa perfectamente la colosal obra colonial, los trabajos de mampostería, es decir, la obra de albañilería hecha de piedras unidas con argamasa (mezcla de arena y cal) que constituyen las paredes básicas y los contrafuertes que dan consistencia al templo.

Si se ingresa al interior del templo y se mira a su cielo, se puede observar una maravilla que desafía los tiempos reposando en pétreas columnas de siglos. Sólo contemplando su techumbre quedaremos impresionados por la magnificencia y solemnidad a que nos invita.
En el transepto o galería transversal que separa el coro de la nave principal y forma los brazos de la cruz, así como en el resto del interior de la iglesia, se encuentran importantes y especiales obras de arte en madera, lienzo y otras esculturas religiosas que serán descritas en próxima ocasión.

 
DE LA CAPILLA DE SANTA BÁRBARA AL TEMPLO DE SANTA CATALINA (EL TRASLADO)

Hacia 1774 habría quedado apto la nueva iglesia como para oficiar las ceremonias litúrgicas, lo cual propició que la antigua sede religiosa se trasladara al flamante blanco. En efecto, atendiendo a las comodidades que brindaba la colosal obra, la Parroquia, incluida la Imagen de la Virgen de Santa Bárbara, fueron mudados al novísimo templo, tras una especial ceremonia de traslación.
Esta mudanza ocasionó una serie de cambios urbanos y de tradiciones religiosas, pues la población citadina empezó a edificar sus viviendas alrededor del nuevo templo. La tradición afirma que el traslado también ocasionó el cambio de patrona religiosa, pues a partir de aquella época la Virgen de la Candelaria, empezó a presidir los actos centrales de cada fiesta. Esta Virgen tuvo breve vigencia, pues un incendio que devoró muebles y obras artísticas, también acabó con ella; esta situación causó pavor en los creyentes. Recordando a la primigenia patrona, así como a aquella dama que tuvo decisiva actuación en la culminación del templo, y a fin de no detener el fervor religioso, se decidió entronizar a la Virgen de Santa Catalina de Alejandría como patrona religiosa del “Pueblo Viejo”.
A partir de entonces, el originario Santuario de Santa Bárbara empezó a declinar en importancia hasta su extinción, porque fue abandonado y otras personas se apropiaron de los terrenos, los mismos que recién en 1951 fueron recuperados para la Iglesia Católica, esto gracias a la labor desplegada por el Rvdo. Francisco Vargas Machuca, Párroco de la doctrina de esta ciudad; en estos terrenos la Orden Franciscana, en aquel año inició una edificación con el objeto de constituirse en una Capilla de “Jesús Nazareno”, pero al poco tiempo, de decidió levantar un peculiar edificio de claro estilo ibérico, que hoy sirve de convento a la Orden Franciscana.
Esta construcción por su singular diseño y ubicación ha devenido a un atractivo turístico de nuestra región.

Instalación de la Orden Franciscana:

Desde los últimos años del siglo XVIII, Juliaca empieza a decaer en importancia, su población urbana migra y las estructuras socioeconómicas varían considerablemente; por ello es que el templo mismo queda totalmente descuidado por carencia de presupuesto para su conservación. Luego de que la Parroquia literalmente estaba abandonada, a partir de 1920 se hizo cargo de este templo la Orden Franciscana, pero que recién el 18 de julio de 1937 se formaliza la entrega y la recepción correspondiente.
A pesar de encontrarse en una situación de abandono, descuidado, cubierto de malezas y en un estado de paulatino deterioro, el templo conservaba su majestuosidad y belleza.