JULIACA EN LA REBELIÓN DE LOS TÚPAC AMARU
Fuente: Hugo Apaza
ANTECEDENTES.
A MEDIADOS del siglo XVIII el eje de la Economía Indiana, es decir, la actividad Minera, empezaba a languidecer; y cuan organismo agonizante, en el Altiplano los sistemas de expoliación a la única fuerza de trabajo, se acentuó. No olvidemos que a diario los corregidores y demás funcionarios coloniales, sin escrúpulos explotaban a los indígenas y obtenían pingües ganancias. A través de muchos canales y mecanismos de protesta, los indígenas del Repartimiento de Juliaca, al igual que todo el nativo andino, pedían la abolición de toda forma de servidumbre humillante y el retiro de los españoles, pues era insoportable su presencia. Verbigracia, en la época del Virrey Manuel Amat y Juniet (1761-1776) el Corregidor de Lampa, don José Antonio Rojas, repartía en sus dominios “unos cuadernos de táctica militar, reimpresos en Lima, y que para nada aprovecharon los indios que no sabían leer ... Les hizo pagar 4 pesos por cuaderno de una manera forzosa tomando el nombre del Virrey”(41, 165). Durante el coloniaje, el Corregimiento de Lampa (de la que Juliaca era parte) enviaba periódicamente centenares de mitayos a las minas de Potosí, en donde, inhumanamente, se aprovechaba su fuerza de trabajo, su salud y su vida. Esta situación posibilitó que las autoridades nativas de este corregimiento, que bordeaban los 30, se organizaran para protestar colectivamente; y es así que estos caciques que no podían soportar tanta humillación, elaboraron varios documentos que contenían sus quejas, los mismos que lo presentaron ante la Audiencia de Charcas en donde quedaban archivados sin ser atendidos. Uno de los caciques nativos que en forma reiterada encabezaba los escritos fue Juan Tumi, quien tuvo el valor de exponer los brutales abusos y vejámenes que se cometían al aplicar los obligatorios sistemas de expoliación. Este cacique, por ejemplo, el 3 de abril de 1750, encabezó una demanda donde se denunciaba los abusos sobre injustas apropiaciones de terrenos, luego en 1773 también acuden ante la Audiencia de Charcas denunciando los atropellos del Corregidor de Lampa quien había “impuesto excesivos repartos y que los indios no estaban en condiciones de cumplir … En este valioso documento se condena el sistema de los repartos y se demanda su total abolición” (31,137-8). Este petitorio, al año siguiente fue reiterado, condenándose siempre, los crueles métodos de cobranza.
EL YANACONAJE EN JULIACA:
EL YANACONAJE fue uno de los azotes que permanentemente torturaba a la población nativa del ande, y consistía en una explotación inhumana de la fuerza de trabajo a favor de los españoles. Era la ominosa esclavitud que funcionaba a base del látigo feudal. A esta inhumana práctica colonial nuestro medio no fue ajeno, y como ejemplo podemos exhibir el clamoroso pedido que hacían los Yndios principales de la parcialidad de Esquen, Jurisdicción de Juliaca, provincia de Lampa: Pedro Sucava, Caitano Suca Cava, Juan Chuquimamani y Manuel Suaqueta, quienes en conjunto y en escrito de 23 de junio de 1797, fechado en Juliaca, solicitaban que sus familiares “Salvador, Simón y Gregorio Quispe, no sean trasladados como Yanaconas a la hacienda Yocara, ya que son hijos de mujer originaria y están casados con mujer originaria y piden ser admitidos o numerados en la clase de vasallos originarios y no de yanaconas. Ante el Gobernador Subdelegado y al Gobernador Intendente Samper”. De este dato se puede concluir que los nativos tributarios también se clasificaban en yanaconas que realizaban trabajos fuera de su ayllu, y vasallos originarios que tenían que permanecer, casarse y trabajar en su ayllu. Así, la libertad era virtualmente desconocido, la vida nativa era pues la consagración íntegra a favor de los usurpadores de una tradición agro pastoril.
LÍDERES NATIVOS:
ESTA SITUACIÓN permitió la indignación total de los pobladores del altiplano, quienes al lado de los cusqueños se organizan y traman la sublevación independentista más grande del siglo XVIII, la misma que remeció las bases del sistema colonial imperante. Antes del 4 de noviembre de 1780 (captura de Antonio de Arriaga e inicio de la rebelión) José Gabriel Túpac Amaru, en su calidad de cacique, incansable arriero y comerciante, visitó varias veces los pueblos del altiplano contactándose de esta manera con líderes indígenas del medio, con quienes coordinaba la insurrección; algunos estuvieron de acuerdo con el plan y lo apoyaron hasta el final, como es el caso de Juan Cahuapaza, cacique de Juliaca, Pedro Vilcapaza (Azángaro), Andrés García Ingaricona (Nicasio), Blas García Pacoricona (Calapuja), Blas Pacoricona (Cabanilla), Nicolás Sanca (Pucará/Taraco), Juan Mamani (Cabana), etc.; otros apoyaron sólo de palabra, y algunos en cambio mostraron su desacuerdo e incluso combatieron abiertamente los ideales libertarios. Los que abrazaron la causa revolucionaria, infatigablemente trabajaron reclutando hombres, persuadiendo, entrenando y preparando armas ofensivas y defensivas eficientes; estos líderes y héroes a la vez, en el fragor de las luchas, paulatinamente fueron sincronizando sus movimientos. La situación económica, al lado de otros factores ideológicos, políticos y sociales, internos y externos, fue el detonante para que estallara el grito libertario en el Corregimiento de Tinta (Cusco, 4 de Nov. 1780). Cuando se inició la rebelión, en la región del Kollao ya existían condiciones subjetivas y objetivas predisponentes, y es así que los pobladores del altiplano inmediatamente trazaron su línea de demarcación entre los que están por la revolución y los que la combaten; las filas de estos últimos eran organizados y dirigidos por las autoridades colonialistas (fundamentalmente los Corregidores) e indígenas ganados a la causa pro-hispana, los mismos que se constituyeron en traidores a la causa de sus hermanos. Ambos grupos antagónicos, se aprestaron, simultáneamente, a medir sus fuerzas en pugnas militares. Durante la gesta libertaria antifeudal y anticolonial, la región del Kollao, y por ende los actuales territorios de nuestra provincia y distritos, fueron escenarios de muchos combates; grandes contingentes rebeldes salieron del Repartimiento de Juliaca que gustosos brindaron sus vidas en aras de la libertad y dignidad de su pueblo.
ANDRÉS GARCÍA INGARICONA (¿ - 1782)
La sublevación indígena más importante del siglo XVIII fue la dirigida por los Túpac Amaru. En nuestro altiplano, la rebelión fue encendida por líderes indígenas, quienes lograron liberar a esta zona del oprobio colonialista hispano por aproximadamente 16 meses. Uno de los grandes líderes nativos del altiplano fue precisamente Andrés García Ingaricona, natural del pueblo de Nicasio, quien se incorporó al bando rebelde desde los primeros momento del alzamiento. En noviembre de 1780, aparece como comisionado de José Gabriel Túpac Amaru, para reclutar gente en los pueblos de Achaya, Nicasio y Calapuja. En ese mismo período, por su valor y acciones bélicas, fue nombrado coronel de las fuerzas patriotas en la región de Puno, logrando gran ascendencia en los pueblos de Carabaya, Azángaro y Lampa, a los que mantuvo fieles a la causa libertaria de los Túpac Amaru. En los últimos días de aquel mes, con su tropa, atacó al ejército de Joaquín de Orellana (Corregidor de Puno) en el pueblo de Calapuja, a quien logró herirlo y derrotarlo en la batalla de Catacora. Pocos meses después, en la batalla de Mamanchili, este corregidor venció al ejército de Ingaricona quien peleaba al lado del coronel patriota Nicolás Sanca. Andrés García Ingaricona instaló su cuartel en Juliaca e intervino con Diego Cristóbal Túpac Amaru, en el primer cerco a Puno en 1781 y posteriormente continuó operando en las zonas de Capachica y Coata; y desde Juliaca siguió dirigiendo las operaciones bélicas en Puno. Este jefe era muy temido por los realistas, e incluso Orellana le calificó de malvado y uno de los principales instrumentos de todas estas revoluciones. En los primeros días de abril de 1781, atacó Lampa con la intención de rescatar al coronel Nicolás Sanca quien había sido víctima de una traición y que se encontraba bajo la atenta vigilancia del capitán virreinal Ramón Arias. Aunque no logró libertar al jefe patriota, porque los virreinales se habían retirado de Lampa, logró castigar a los traidores que capturaron y entregaron a la muerte a Nicolás Sanca. A fines de abril de 1781, reforzado con gente de Carabaya y Azángaro, intentó atacar nuevamente la ciudad de Puno, pero infortunadamente apenas logró llegar hasta Paucarcolla. Cuando la rebelión sufría serias crisis, Ingaricona se mantuvo fiel a sus principios libertarios. Por una circular del 4 de diciembre de 1781, hecha por orden de Diego Cristóbal Túpac Amaru, convocó a los coroneles patriotas a reunirse en el pueblo de Lampa, para tomar acuerdo sobre el Tratado que debía realizarse en ese pueblo con los españoles. Ingaricona “trató de buscar una solución: que el indulto a los rebeldes fuese extendido solamente por Diego Cristóbal”. Posteriormente, estuvo con Diego Cristóbal en la firma del armisticio de Lampa, el 11 de diciembre de aquel aciago año de 1781. “Ingaricona había acatado al principio las líneas generales de una solución pacífica” luego cambió de opinión “junto con Vilcapaza, aconsejaron al Inka que no pactase, que los españoles y criollos virreinales lo traicionarían”. (JJV). Aunque se desconoce la participación militar en los sucesos posteriores, algunos historiadores suponen que fue ahorcado o descuartizado al lado de Pedro Vilcapaza en Azángaro; pero esta hipótesis no fue confirmado más al contrario se sabe, por carta de Diego Cristóbal Túpac Amaru al Obispo Moscoso, que murió en Nicasio el 3 de abril de 1782. Ingaricona debió gozar de espléndidas condiciones personales, dado que el Inka lo escogió para dirigir la rebelión en el altiplano desde el inicio de la conjura. Según la descripción del Mariscal del Valle, Ingaricona era un hombre: “CON CARA DE PALLA, DE EDAD COMO DE 28 AÑOS, VESTIDO DE PAÑO DE SEGUNDA, MUZGO Y UNA COTILLA DE TERCIOPELO NEGRO O PONCHILLO CON GALONES DE ORO, SOMBRERO DE CASTOR BLANCO, BUENA MULA Y MEJOR JAEZ, LO CUAL INDICA QUE ES JEFE PRINCIPAL”. El Perú, y particularmente el Departamento de Puno, debe a Ingaricona un especial reconocimiento, al igual que a los demás héroes olvidados de la gesta puneña de 1780-1782. Al lado de Diego Cristóbal Túpac Amaru, Ingaricona promovió reformas sociales; y, al lado de Pedro Vilcapaza y otros caudillos de fines de 1781, organizó, con montoneras, la resistencia final de 1782.(JJV).
NICOLÁS SANCA ( ¿ - Abril de 1781)
AUNQUE NO se tiene noticias certeras del lugar ni de la fecha del nacimiento de este jefe patriota (unos aseveran que es natural de Taraco y otros expresan que posiblemente sea oriundo de Pukará) se sabe que ingresó en los anales de esta guerra con el grado de Coronel a órdenes de José Gabriel Túpac Amaru. Cuando el Corregidor de Puno, Joaquín de Orellana, salió de Puno a combatir la sublevación en el altiplano se enteró de que los lugartenientes de “Su Rey Inca Túpac Amaru” como los patriotas lo llamaban, incursionaban en partidas en las cercanías de Samán, Taraco y Pusi; “quemando a su entrada las cárceles, matando a los españoles y alistando gentes con violencia, para cumplir los designios del jefe de la rebelión”. Las fuerzas patriotas estaban bajo el mando del aguerrido líder quechua Nicolás Sanca, quien probablemente de “Cantor de una iglesia había pasado a servir a José Gabriel Túpac Amaru, con título de Coronel entre sus tropas”. Nicolás Sanca, que se caracterizó por su fiereza y energía, es un prócer tupacamarista que estuvo en la rebelión desde sus inicios, coordinando sus acciones con Andrés García Ingaricona y Juan Cahuapaza. En la sublevación nativa más importante del siglo XVIII, este ex cantor y sacristán de la iglesia de Pucará se alzó como el caudillo más temido de Juliaca, Taraco, Calapuja, Pusi, Samán, Chingora, Caracoto, Nicasio, Pucará y Lampa. El 10 de marzo de 1781 participó en el primer cerco a la villa de Puno, a órdenes de Diego Cristóbal Túpac Amaru, después de la ocupación de los pueblos de Capachica y Coata con el Coronel Ingaricona. El 31 de marzo de 1781 fue apresado por traición de los curacas de Ayllo y Antalla y después entregado al capitán virreinal Ramón Arias, quién lo hizo ejecutar los primeros días de abril de aquel año en la ciudad de Lampa. Los curacas traidores fueron severamente castigados por el Coronel Ingaricona por colaborar con los enemigos.
LA REVOLUCIÓN EN EL ALTIPLANO.
a) Actitud del Corregidor de Puno:
ENCENDIDA LA llama revolucionaria en el Kollao por acción de líderes indígenas primero, y por los comisionados especiales como Simón Noguera después; el Corregidor de Puno(*) Joaquín Antonio de Orellana tuvo que encargarse de iniciar la defensa colonial e intentar sofocar la rebelión ya generalizada, quien en menos de 20 días formó un aguerrido ejército compuesto por 130 fusileros, 390 lanzas de a pie, 140 de a caballo, 84 armados con sables y cerca de un centenar de hombres con pertrechos nativos (11, 406); el ejército defensor del sistema colonial estuvo conformado por hombres de gran valor y de procedencia española, mestiza y un reducido porcentaje de engañados indígenas. Luego de la rápida preparación militar, envió mensajes a los demás corregidores, y especialmente a los curas del Corregimiento de Lampa, a quienes les pidió reclutar gente y juntar víveres y ganado, para así en conjunto “salir en busca de los traydores que arruinaban la Provincia de Lampa”(11, 406). Es así que a pesar de las inclemencias del tiempo (lluvias y crecidas de ríos), este intrépido Corregidor, salió de Puno un 27 de noviembre de 1780, a fin de combatir la rebelión. Ese día se dirigió a la zona norte en donde los rebeldes ya habían dominado el medio. Como principal teatro de operaciones iniciales de Orellana se constituyeron los corregimiento de Lampa y parte de Azángaro, siendo Caracoto, Juliaca, Calapuja, Taraco, Samán, Achaya, Lampa, Nicasio, Pusi, etc. los lugares en donde por reiteradas veces atacaba y era atacado por los guerrilleros sublevados que a su paso iban soliviantando a las poblaciones en algunos casos y saqueando en otros. Estos rebeldes, en esta zona, “actuaban en tres trozos o partidas”, dirigidos por Ingaricona, Sanca y Cahuapaza. El día 28 llegó a Juliaca, a la que encontró sobresaltada y semipoblada. Aquí durante 2 días se dedicó a reforzar su tropa, recibir información sobre los movimientos de los rebeldes y estudiar estrategias de ataque. Al enterarse de que una reducida tropa de alzados, se encontraba en las inmediaciones de Samán, el Corregidor optó por perseguirlos y liquidarlos. El 29 de noviembre, casi al anochecer, la caballería de Orellana logró pasar el río de Juliaca y se fue en pos de los rebeldes que avanzaban hacia el Este los cuales lograron guarecerse en la oscuridad; al día siguiente (30 Nov.), muy de madrugada, la tropa de Nicolás Sanca se enfrentó a las fuerzas virreinales sin éxito, pues los soldados de Orellana lograron vencer y capturar, a la altura de Samán, a un grupo de rebeldes quienes luego de ser torturados fueron fusilados en el acto. En este primer encuentro los patriotas sufrieron 25 bajas. Con esta victoria Orellana se dirigió hacia Calapuja para atacar al grupo de mayor peligro dirigido por Ingaricona que estaba, a su vez, aguardando a Nicolás Sanca, Cahuapaza y otros.
b) Batalla de Catacora: honderos contra fusileros:
Cuando el ejército de Orellana se enteró de que las tropas rebeldes estaban planeando una reunión, para realizar acciones coordinadas, éste aprovechó tal circunstancia para atacar a los rebeldes que actuaban casi aisladamente; por ello es que, para frustrar aquella reunión, sin pérdida de tiempo avanzó hacia Calapuja en busca de los rebeldes, quienes habían acampado en un cerro cercano. El ejército rebelde, divisado por Orellana, estuvo integrado por más de 300 aguerridos efectivos y tenían por líder a Andrés Ingaricona; los alzados, cuando vieron que se acercaba la caballería e infantería pro-hispánica, blandiendo sus banderas y con gran vocerío desafiaron a los realistas. En horas de la tarde del día 30 de noviembre de 1780, ambos ejércitos se enfrentaron, y esta vez, fue el Cerro Catacora de Calapuja, el escenario en donde se libró un encarnizado combate entre fusileros y honderos. Desde las partes altas del cerro no cesaba “la viva y continuada descarga de piedras que arrojaban los Yndios con sus hondas”(11, 408). Y los realistas, con caballos, armas de fuego, lanzas, y demás elementos metálicos “peleaban y abansaban con notable ardor y brio”. Ante esta brutal arremetida antirrevolucionaria, el ejército rebelde, que se encontraba en inferioridad de armamento, se mantuvo valientemente incólume en un primer momento y luego optaron por abandonar la defensa para pasar al contraataque, haciendo retroceder a los representantes de la explotación. Ante esta trágica situación para la causa virreinal, estando ya por anochecer, Orellana hizo tocar la retirada para evitar el aniquilamiento. En el fragor de la lucha el Corregidor fue herido, pues recibió un gran golpe de piedra en la quijada inferior, el mismo que también impactó en su pecho. Esta victoria nativa elevó la moral revolucionaria, en cambio en el bando opuesto, la derrota significó una seria preocupación. En esas circunstancias, vencido, maltrecho y herido, Orellana enrumbó su ejército hacia la ciudad de Lampa, a donde llegaron muy entrada la noche y allí lograron guarecerse “con indecible incomodidad y fatiga”; pues, mientras se libraba la batalla de Catacora, la tropa de Nicolás Sanca había atacado Lampa e incendiado algunas viviendas de los españoles, criollos y mestizos. Al observar el clima de inseguridad “juzgó el Corregidor Orellana que era inútil seguir adelante y resolvió retroceder hasta las Balzas de Juliaca para … mantener en respeto los Yndios de aquel Pueblo … que aun no habian tomado aquel partido”(11, 409).
c) Consejo de Guerra realista y muerte de Simón Noguera:
El día 2 de diciembre de 1780, el Corregidor de Lampa, Vicente Horé, al verse acosado y en grave peligro, solicitó auxilio a los demás corregidores, a quienes los invitó a reunirse en la Ciudad Rosada, para organizar mejor la defensa colonial y detener la avalancha revolucionaria. En esas circunstancias, Orellana se encontraba por Juliaca, y es probable que en este lugar recibiera aquella petición, a la que acudió al día siguiente (3 Dic.) y allí, en Lampa, impacientes le estaban aguardando los defensores de la causa hispánica de la Intendencia de Puno, quienes no sabían qué determinación tomar frente a la inminente llegada de Túpac Amaru II y su ejército. Ante este sombrío panorama para la causa colonial, el día 4 de diciembre de 1780, se reunió un Consejo de Guerra con la presencia de los siguientes corregidores: Joaquín Antonio de Orellana (Puno), Vicente Horé Dávila (Lampa) Ramón de Moya y Villareal (Chucuito) y Lorenzo Zata y Subiria (Azángaro). Estos corregidores, que con sus propios ejércitos de milicianos convergieron en la ciudad Rosada, a la que momentánea y aparentemente la convirtieron en el "bastión inexpugnable de la defensa real española" (25, 178). En aquella memorable reunión no pudo estar presente el Corregidor de Carabaya don Miguel Urbiola por estar ocupado, en vano, tratando de oponerse al avance arrollador de las tropas tupacamaristas en las localidades de Santa Rosa, Macarí y Ayaviri. El Consejo de Guerra, en un primer momento decidió hacer frente al ejército rebelde, pero luego cambiarían de opinión cuando observan que ellos no podrían resistir por mucho tiempo; sin embargo, el día 4, por acuerdo del Consejo, fue ejecutado en la horca el sobrino de Túpac Amaru, don Simón Noguera de apenas 20 años de edad, quien de esta manera se convirtió en el primer mártir de la rebelión.
"Noguera fue encomendado para entrevistar a los jefes y caciques que debían secundar la lucha revolucionaria en el Altiplano puneño, pero en la hacienda de Qqueque, próxima a Santa Rosa, fue prendido por el mayordomo de dicha hacienda y entregado a las autoridades españolas, quienes lo condujeron hasta la ciudad de Lampa, donde permaneció encarcelado desde el 24 de noviembre de 1780 hasta su bárbara ejecución". (31, 67).
Esta ejecución provocó la ira generalizada de los indígenas quienes empezaron a organizar la venganza. Los guerrilleros de Blas Pacoricona y Juan Cahuapaza por todos los medios trataron de ingresar a Lampa y vengar la muerte del joven rebelde, mas no lograron su objetivo. Mientras tanto, los ejércitos regulares de los coroneles Nicolás Sanca y Andrés Ingaricona, también enrumbaron para converger en Lampa. Esta situación, al lado de la ya cercana presencia de Túpac Amaru, provocó la zozobra y el pánico en la gran mayoría de los que estaban guarnecidos en la Ciudad Rosada, y como lógica consecuencia se produjo una vergonzosa huida, siendo el lugar preferido para encontrar amparo la localidad de Arequipa, inclusive huyó también el Corregidor de Carabaya. Joaquín de Orellana y Ramón Moya fueron los únicos que decidieron resistir. La población civil española, al verse desguarnecidos también optaron por retirarse, a marcha forzada hacia la ciudad Blanca; así la mayoría de pueblos de la Intendencia puneña se quedó con escasísimos españoles, criollos y mestizos. Joaquín de Orellana, a partir de aquel entonces, se convirtió en el solitario adalid pro-hispano, y en sus manos quedaba la gran responsabilidad de resistir hasta donde se pudiera.
d) Juliaca, Cuartel General de los sublevados:
Como se ha descrito, la batalla de Catacora impidió que los coroneles Ingaricona, Sanca y Cahuapaza efectuaran maniobras coordinadas, por ello es que las tropas de éstos y otros líderes actuaban con relativa independencia y sin resultados halagadores. Con el objeto de mejorar y organizar sus movimientos, estos jefes militares lograron realizar una reunión posiblemente en Juliaca, pues una de sus conclusiones fue la de instalar en este pueblo el núcleo de sus operaciones. Además, los pobladores de Juliaca ya habían decidido sumarse a las fuerzas insurreccionales con su cacique a la cabeza. En aquel entonces Juliaca era un importante núcleo social y caminero, en donde radicaban europeos, mestizos e indios, y habría cobrado mayor fama debido a que en 1774 se había culminado su imponente Iglesia Blanca, por lo que era muy visitado, y muchos comerciantes, arrieros, caminantes y viajeros deseaban descansar y pernoctar en sus acogedores hospedajes. Los alzados tupacamaristas atacaron a los moradores europeos, criollo y mestizos, quienes luego de vanos intentos de resistencia fueron muertos algunos, y los más expulsados de Juliaca. Así, este pueblo se convirtió por casi cuatro meses en Cuartel General de los Indios Alzados, lo cual posteriormente sería ratificado por Diego Cristóbal Túpac Amaru, quien en Juliaca organizó los ataques a la villa de Puno. e) Batalla de Mamanchili:
Luego de estos sucesos, de territorio lampeño, Joaquín de Orellana, optó por retirarse a la Villa de Puno, y para esto “Marchó por frente de la Estancia de Chingora donde pasó la noche del 12 de Diciembre”. De allí, lentamente, avanzó hacia la zona Nor-Este de Juliaca “y siguiendo su marcha la tropa del Corregidor se hizo noche el 13 en la llanura de Ayahuaca [Ayabacas], manteniéndose sobre las armas por el cuidado de los enemigos”(11, 409-10). En esa ocasión no pudo ingresar al pueblo de Juliaca, porque las balsas que servían de puente, y el pueblo mismo, estaban bajo control revolucionario. El Corregidor, al verse en serios apuros para arribar a Puno, avanzó hasta “las cercanías de Coata, y acampó a las orillas del rio, dando antes orden para que se trajesen con prontitud 25 balsas de Capachica, y se detuvo alli el 15”(11, 410). Al día siguiente, el ejército realista fue rodeado por las tropas nativas dirigidas por Ingaricona y Sanca, siendo las 4 de la tarde del 16 de diciembre de 1780, se libró la encarnizada batalla de Mamanchili, en donde la caballería y artillería virreinal logró vencer a los sublevados, aprovechando un desconcierto. Los realistas atribuyeron este milagroso triunfo a la providencial intervención de la “Soberana Emperatriz de los Angeles Nuestra Señora de la Purísima Concepción”(11, 410); con este aliento el 19 de diciembre Orellana retornó a Puno, tras una ausencia de más de tres semanas, y la convirtió en su cuartel y fortaleza por largo tiempo. Refiriéndose a esta parte de la historia, el investigador Augusto Ramos Zambrano nos dice que el Corregidor "en su largo y penoso retorno a Puno resultó perseguidor y perseguido de los revolucionarios en diferentes lugares como Juliaca, Calapuja, Samán, Caracoto, Achaya, Chingora, Ayabacas, Capachica y otros"(31, 70).
TÚPAC AMARU II EN EL KOLLAO:
A FIN de levantar la moral revolucionaria, ganar más personas a la causa libertaria, organizar mejor los ejércitos rebeldes, romper con algunos temores y rumores, hacer retroceder la organización militar pro-colonialista, etc. Túpac Amaru II planificó un recorrido personal a la Intendencia de Puno que en ese entonces pertenecía al Virreinato de Buenos Aires. Es así que, desde Tungasuca el 15 de noviembre de 1780 envió el llamado EDICTO A LA PROVINCIA DE LAMPA, y el día 25 del mismo mes envió otro edicto a los moradores de Lampa. Estos documentos, por su importancia histórica, a continuación los transcribimos:
"Por cuanto el Rey me tiene ordenado proceda extraordinariamente contra varios corregidores y sus tenientes por legítimas causas que por ahora se reservan; y hallándose comprendido en la Real Orden, el Corregimiento de la Provincia de Lampa y su teniente general y no pudiendo yo practicar las diligencias que el caso exige, por tener otros a la vista que piden mi física asistencia para su remedio; para que tenga efecto debido la Real Orden, subrogo en mi lugar al Gobernador don Bernardo Sucacahua, quien inmediatamente prenderá con la mayor cautela y sigilo al Corregidor y su teniente, convocado para tal fin la soldada e indios de dicha provincia, manteniendo a los reos en más segura prisión, con guardas de vista, negándoles toda comunicación, hasta que se determine otra cosa; haciendo inventarios legales y formales de todos los bienes y papeles que se les encontrasen sin reserva de cosa alguna de lo que se dará la más segura noticia. Pues, todos estos bienes, corresponden al real patrimonio y buena administración de justicia, para resarcir por este medio, los agravios que los indios y otros individuos han sufrido hasta el día. Fecho en el pueblo de Tungasuca, a 15 de noviembre de 1780. José Gabriel Túpac-Amaru Inka”. "Hago saber á los paisanos moradores de la provincia de Lampa y sus inmediaciones, que viendo el yugo tan fuerte que nos oprime con tanto pecho, y la tiranía de los que corren con este encargo, sin tener consideración á nuestras desdichas, y abusando de ellas con sus impiedades, he determinado sacudir este yugo insoportable, y contener el mal gobierno que experimentamos de los gefes que componen estos cuerpos: por cuyo motivo murió en público cadalso el corregidor de esta provincia de Tinta, á cuya defensa vinieron á ella de la ciudad del Cuzco una porción de chapetones, arrastrando á mis amados criollos, que todos pagaron con sus vidas sus audacia y atrevimiento.… "Para este efecto, hago saber á todos los paisanos, que si eligen este dictámen, no se les seguirá perjuicio alguno, ni en vidas, ni en haciendas: pero si, despreciando esta mi advertencia, hicieren lo contrario, experimentarán su ruina, convirtiendo mi mansedumbre en saña y furor… “Los Sres. Sacerdotes tendrán el aprecio y acatamiento debido á su estado, y del mismo modo las religiones y monasterios, siendo mi único ánimo cortar el mal gobierno de tanto ladrón, que nos roba la miel de nuestros panales.(…) Tungasuca, y Noviembre 25 de 1780.
José Gabriel Tupac-Amaru.
De estos valiosos documentos, podemos enterarnos de que en plena revolución, el 15 de noviembre de 1780, Túpac Amaru II designó como Gobernador de la provincia o Corregimiento de Lampa a su primo Bernardo Sucacahua, e instó a que todos abracen la causa libertaria. Los primeros días de diciembre 1780, las tropas tupacamaristas emprendieron el viaje hacia el sur acompañado, entre otros voluntarios, por Pedro José Sahuraura, quien presumiblemente fue un cura de Juliaca. (31,83). Entre el 2 y 3 de diciembre cruzan La Raya e ingresaron al territorio del Virreinato de Buenos Aires. En Santa Rosa es noticiado que todo el altiplano se había sublevado con excepción de los caciques Huaranca de Santa Rosa, Choquehuanca de Azángaro y Chuquicallata de Samán; el 4 de diciembre ingresa al pueblo de Macarí, el 6 a Ayaviri, en donde acrecenta sus fuerzas y el día 8 ya se encontraba en Pukara. Luego de una dura jornada de liberación, el día 9 de diciembre, casi al anochecer, Túpac Amaru llega y toma la ciudad de Lampa “donde lo recibieron con toda grandeza, y bajo palio, como en otros pueblos”, “Todos los bienes existentes en esos momentos, pertenecientes al corregidor de Lampa fueron confiscados a favor de las tropas rebeldes” (31, 89), asimismo “La cárcel fue allanada, libertados los presos y quemado el edificio” (43, 92). En Lampa permaneció hasta el día 12, y en estos pocos días emprendió una ardua labor de organización y reorganización. De esta pasajera capital de la revolución, Túpac Amaru emitió edictos, envió comisionados a diferentes lugares a fin de levantar y atizar el espíritu de rebeldía, parte de su campaña proselitista también fue la de designar a sus más cercanos colaboradores como autoridades de algunos pueblos; es así que en mérito a su sacrificada labor, nombró como Gobernador de la Provincia de Lampa al cacique don Blas Pacoricona con el grado militar de Coronel. No olvidemos que Blas Pacoricona, al igual que otros connotados adalides nativos, formó un ejército considerable que facilitó el "pacífíco" arribo del líder indiscutible de la revolución. Blas Pacoricona, como flamante gobernador también fue nombrado como Justicia Mayor y recibió “severas órdenes para perseguir a sangre y fuego corregidores, chapetones y alcabaleros”. (43,92). Túpac Amaru el día 13 de diciembre abandona la Ciudad Rosada y apresuradamente se dirigió hacia el Cusco, llevándose gran cantidad de ganado, bastimentos y toda clase de metales y piezas de fundición para la fabricación de armas, dejando de esta manera para siempre el suelo kollavino. Luego de los lamentables sucesos en el Cusco, que culminó con el heroico holocausto de Túpac Amaru II, sus familiares y aliados capturados, ¿Quién sería ahora el máximo líder rebelde? Esta delicada misión la desmpeñó el joven caudillo kechua, de apenas 26 años de edad, primo hermano de José Gabriel, don Diego Cristóbal Túpac Amaru, quien mantuvo por largo tiempo encendida la tea revolucionaria en el altiplano. Así la revolución se trasladó al sur del Cusco, y en calidad de nuevos puntos de resistencia quedaron las provincias de Lampa y Azángaro, en la parte norte del altiplano de las cuales Lampa fue la provincia donde la rebelión mostraba "mayor furor y crueldad" (43, 162).
NOMBRAMIENTO DE JUAN CAHUAPAZA COMO JUSTICIA MAYOR DE AZÁNGARO.
Como ya quedó dicho, hubieron muchos hombres que desde un principio simpatizaron, apoyaron, formaron ejércitos y con ellas protagonizaron gloriosas acciones militares independentistas; uno de ellos fue precisamente Juan Cahuapaza, que en su calidad de cacique de Juliaca, apoyó fervorosamente la causa revolucionaria desde los inicios, coordinando sus acciones con Andrés Ingaricona y Nicolás Sanca. El máximo líder de la revolución, conociendo la capacidad de Juan Cahuapaza y de otros caciques, elaboraron un plan que no llegó a efectuarse porque las tropas realistas, debido a su permanente movimiento y preparación bélica, impidieron la consumación de los proyectos. ¿Cuál era el plan? "El plan que trazó el Inca Túpac Amaru con Cahuapasa y Sanca, era atacar Puno" que era el bastión de la resistencia realista. Recién en marzo de 1781, este ataque se concretaría. Luego de que Túpac Amaru abandonara el pueblo de Lampa (13 dic. 1780), se dirigió hacia la zona de Azángaro a fin de castigar al traidor Choquehuanca. Sin embargo, circunstancias fortuitas le obligó a dirigirse a Tinta. En esta parte de la historia encontramos un aspecto divergente, pues algunos historiadores aseveran que Túpac Amaru II arribó a la capital de Azángaro y otros afirman que no. A pesar de esto, lo cierto es que, antes de emprender el retorno al Cusco, Túpac Amaru II nombró como Justicia Mayor de Azángaro al cacique de Juliaca, esto en honor y mérito a su eficiencia y lealtad revolucionaria. Aquí, también nos encontramos con un pequeño problema relacionado con el lugar en donde Juan Cahuapaza había recibido aquella gran responsabilidad. Para tener una mejor idea acerca de estos episodios y divergencias, repasemos lo que dicen al respecto dos importantes y serios documentos: a) El historiador Carlos Daniel Valcárcel, manifiesta que Túpac Amaru II “avanzó hasta Santiago de Papuja (Provincia de Azángaro). Pero súbitamente decidió retroceder hacia Tinta y nombró Justicia Mayor a Juan Cavapasa” (43, 92). Es decir que, de acuerdo a esta versión, el cacique de Juliaca habría recibido este Título en la localidad de Santiago de Pupuja, que se encontraba bajo la jurisdicción del Corregimiento de Azángaro. b) En cambio, en el informe que aparece en la Colección Documental de la Independencia del Perú, se lee: “Estando el Rebelde cometiendo en Azangaro estas crueldades, recibió unos pliegos de su Corte de Tungasuca, para donde regresó aceleradamente dexando en aquel Pueblo por Justicia Mayor al cacique de el de Juliaca nombrado Juan Cavapasa”.(11, 416). Este mentado personaje del altiplano, en su condición de cacique de Juliaca y de colaborador del Inca José Gabriel Túpac Amaru, fue pues nombrado como Justicia Mayor en plena revolución, lo cual evidencia que se trataba de un importante caudillo. "El juliaqueño Juan Cahuapasa es un prócer tupacamarista olvidado" que merece ser estudiado y reivindicado por la presente generación. Como se puede observar el fervor revolucionario en nuestro medio no fue el resultado ulterior a la visita del caudillo mayor (Túpac Amaru), sino que mucho antes de su llegada, aquí ya habían miles de insurgentes, que con sus respectivos líderes, organizados en guerrillas o ejércitos regulares, constantemente atacaban a los "pukacuncas" ocasionándoles desconcierto y zozobra.
ASEDIOS A LA VILLA DE PUNO:
a) Primer Asedio: A fin de “regular” u “ordenar” la sublevación en el Sur, Diego Cristóbal Túpac Amaru, fue enviado al altiplano puneño. Este importante personaje instaló su centro de operaciones en Juliaca y allí organizó un plan para conquistar la Villa de Puno y, para concretizarlo, el día 2 de marzo "avanza de Juliaca a Puno" (6, 854); los días 10 y 11 de marzo de 1781 Puno sufrió el ataque. En este primer embate participaron los ejércitos de Andrés Ingaricona, Nicolás Sanca, Ramón Ponce, entre otros, de igual manera "el coronel Juan Cahuapaza de Juliaca llevó sus propios hombres" (31, 178); estos líderes indígenas atacaron por la parte norte, mientras que por el lado opuesto estaban las fuerzas aymaras. Así, por aproximadamente 2 días "Puno resistió el aluvión de dieciocho mil patriotas". No logrando su objetivo, las fuerzas insurreccionales el día 12 de marzo abandonaron el cerco a Puno. Diego Cristóbal Túpac Amaru retornó a Canas, Sanca fue comisionado a actuar en Antalla, y Andrés Ingaricona recibió la orden de actuar en Juliaca (6, 849). b) Segundo y Tercer Asedio:
Del 10 al 12 de abril de 1781, se realiza el segundo cerco a la Vila de Puno, organizado por Diego Cristóbal Túpac Amaru y ejecutado por Andrés Ingaricona y Pedro Vargas; posteriormente, entre el 7 y 20 de mayo se realizó un tercer cerco y ataque, al único bastión de la resistencia colonial en el altiplano, este ataque fue el más feroz y el día más sangriento fue el 9, llegándose en un momento a combatir en las mismas calles de Puno, y luego de muchos infructuosos ataques y con gran pérdida de vidas, el ejército patriota desiste continuar el ataque por la proximidad del ejército del Mariscal José del Valle y por la derrota que había sufrido Pedro Vilcapaza en Condorcuyo (13 y 14 de mayo). Vilcapaza era líder de las provincias de Azángaro y Carabaya pues “era comandante nombrado por el caudillo Diego Cristóbal Túpac Amaru” (6,43). Por el valor y la pericia del Corregidor Antonio de Orellana, la Villa de Puno logró convertirse, por más de 6 meses consecutivos, en el solitario foco de resistencia virreinal; al respecto, el mismo Corregidor informaba: “de manera que ya no hay en estos contornos otras personas españolas que las que con tiempo se procuraron salvar en esta Villa que forma hoy como una pequeña Ysla de fidelidad en medio de un Mar de rebelion que la rodea por todas partes” (11, 686). Debido a este heroico gesto de lealtad y resistencia, esta Villa se ganó el Título de “Sagunto de América”, en memoria de aquella ciudad española que alcanzó celebridad por su tenaz resistencia al Emperador Romano Aníbal, que logró apoderarse de ella después de un terrible sitio.
VIRGEN DE LA CANDELARIA EVITÓ MASACRE EN LOS ASEDIOS A LA VILLA DE PUNO
Cuando los españoles iniciaron la invasión y conquista del Tawantinsuyo, no se alejaron en ningún momento de sus concepciones religiosas y, lo que es más, tenían por amuleto espiritual a santos, santas y vírgenes, a quienes se entregaban antes de realizar una acción, y atribuían sus éxitos a la providencia más que a sus propios recursos y esfuerzos. Hacia el siglo XVIII, en el altiplano puneño, había arraigado el prestigio de la Virgen Inmaculada Concepción, especialmente en la Villa de Puno y en otras importantes ciudades; incluso hasta finales de la dominación colonial, se continuaba designando a la ciudad lacustre como “De Nuestra Señora de la Purísima Concepción y San Carlos de Puno”. Cuando se desarrolló la sublevación de los Túpac Amaru, la imagen de esta Santa Católica acompañó a los soldados que defendían la causa virreinal. Por historia sabemos que en nuestro altiplano esta rebelión escribió sus mejores páginas. El 27 de noviembre de 1780, el Corregidor de Puno, Joaquín de Orellana, salió de la Villa de Puno a combatir la sublevación ya generalizada en los corregimientos de Lampa y Azángaro. Como buen soldado cristiano llevó por escudo a la Inmaculada Concepción, la misma que los acompañó en las diferentes batallas libradas contra los naturales alzados. Bajo la égida de esta Virgen, los realistas fueron vencidos en la Batalla de Catacora-Calapuja, asimismo bajo su mirada se dio muerte a Simón Noguera (Sobrino de Túpac Amaru II), también, esta protectora fue testigo del triunfo virreinal en la batalla de Mamanchili. Los soldados de la Corona Ibérica que participaron en esta última batalla atribuían esta “milagrosa victoria” a la “SOBERANA EMPERATRIZ DE LOS ANGELES NUESTRA SEÑORA DE LA PURISIMA CONCEPCION” cuya imagen estaba colocada en la bandera de estos milicianos. La devoción a la VIRGEN DE LA CANDELARIA, en la Villa de Puno, se acentuó a partir de 1781, ya que en ese año, Puno fue objeto de tres grandes asedios indígenas, que “milagrosamente” no acabaron en terribles masacres. En efecto, el primer cerco se produjo entre el 10 y 12 de marzo, el segundo entre el 10 y 12 de abril, y el tercero entre el 7 y 20 de mayo de 1781. En el primer asedio, cuando el cerco revolucionario se estrechaba más y los hombres de Andrés García Ingaricona, Nicolás Sanca, Pedro Vargas, Juan Cahuapaza, entre otros, con gran vocerío y estrépitos de tambores estaban a punto de tomar la ciudad, “inexplicablemente” abandonaron este asalto que habría liquidado el último “bastión inexpugnable” de la resistencia hispana en el altiplano. El tercer asedio fue conducido por Diego Cristóbal Túpac Amaru, siendo el día 9 el más sangriento “llegándose en un momento a combatir en las mismas calles, por el lado de la Parroquia de San Juan”. Mientras se libraban estos enfrentamientos, la población civil, que aproximadamente llegaban a 8 mil, veían peligrar su existencia, pues los defensores de la Villa eran pocos y los rebeldes avanzaban amenazadoramente. Se temía una muerte horrible debido a que los atacantes tenían prestigio de sanguinarios y crueles. En medio del terror reinante, como todo mortal en momentos de apremio último, estos guarnecidos se aglutinaron en los templos e invocaron a la Virgen de la Candelaria para que saliera en su defensa y obrara el milagro de alejar a los atacantes. A medida que el cerco se estrechaba, los llantos y la desesperación se apoderó de la mayor parte de la población que a gritos pedía a la Virgen un prodigio para resguardar sus bienes y vidas: MAMITA CANDELARIA, ¡AYÚDANOS! ¡SÁLVANOS, MAMITA CANDELARIA! Eran las plegarias de una población a punto de perecer. Ante tanta invocación, podemos manifestar que hasta en tres ocasiones sucedieron hechos prodigiosos, los mismos que han sido atribuidos a esta Virgen; estos prodigios se presentaron al final de cada asedio. Al observarse que los ataques rebeldes cesaban y los adversarios se alejaban, la población, perpleja por lo que ocurría, sacaba en procesión, de día y de noche, a la milagrosa imagen y con lágrimas agradecían la piedad demostrada por la Mamita Candelaria. A partir de entonces los puneños acentuaron su devoción hacia esta Virgen, cuyo prestigio de protectora, en álgidos momentos, se irradió rápidamente y logró constituirse en la principal Patrona Religiosa de la Villa de Puno. En reconocimiento a estas acciones, la población puneña convirtió en tradición un singular acto de agradecimiento, que antaño consistía en ofrecer grandes honores, donativos y bailes. Así también, la Mamita Candelaria obró el milagro de que muchos bailes y costumbres no se extinguieran, pues en su honor, cada 2 de febrero y en su octava los pueblos del Departamento de Puno, se concentraban en la capital para danzar y agradecer a la Virgen y en ella a las bondades que ofrece la madre naturaleza. Sin embargo, desde las postrimerías del siglo XX, la pleitesía y fe hacia esta Patrona Religiosa, viene disminuyendo, ya que la entronización del exhibicionismo y el interés económico, vienen ensombreciendo la esencia de las festividades de la Virgen de la Candelaria.
CONTRAOFENSIVA COLONIAL:
a) Incursión arequipeña y muerte de Nicolás Sanca:
Mientras se producía el primer asedio a Puno, en Arequipa se hacían preparativos contrarrevolucionarios, es decir, que los corregidores de Lampa, Azángaro y Carabaya, que habían huido a la Ciudad Blanca, en estrecha coordinación con el Corregidor de Arequipa, don Baltazar de Semanat, organizaron un ejército de 270 soldados (infantería y caballería) y cerca de 300 forasteros, y se designó como Comandante de estas fuerzas a don Ramón Arias, quien emprendió la campaña el 21 de marzo de 1781. El ejército de Ramón Arias, en la zona conocida como Pinaya o Altos de Pinagua, logró entablar batalla con las tropas del cacique de Cabana, don Juan Mamani el 27 de marzo; Juan Mamani, a pesar de los esfuerzos realizados es vencido, hecho prisionero y decapitado inmediatamente. Luego las tropas anti-insurreccionales, el 29 de marzo, pasaron a Cabanilla y de allí, el día 30, se trasladaron a la ciudad de Lampa; en esa localidad Ramón Arias recibió a dos emisarios de Orellana quien le invocaba ayuda por hallarse atacado por los rebeldes de Chucuito, Juliaca y Huancané. Tal ayuda no se concretizó porque Ramón Arias, poco después retornaría a Arequipa por dos razones: Estando en Cabanilla había recibido un mensaje que le incitaba al retorno y, porque los pobladores de Ayllo y Antalla, que no simpatizaban con la rebelión, les informaron que un numeroso ejército rebelde estaba acercándose peligrosamente a Lampa. El 31 de marzo de 1781, en una acción condenable, los moradores de Ayllo y Antalla, con sus respectivos caciques tendieron una celada y lograron capturar al coronel Nicolás Sanca en la zona de Antalla. Prisionero "lo entregaron vivo al jefe español Ramón Arias en la ciudad de Lampa, donde con gran aparato fue ejecutado sin seguírsele ningún proceso" (31, 232). Luego de este luctuoso suceso, las tropas pro-colonialistas emprendieron la retirada hacia Arequipa por temor al ataque que se estaba preparando en Juliaca bajo las órdenes de Andrés García Ingaricona. En efecto "los de Juliaca" emprendieron la marcha hacia Lampa y la tomaron el día domingo 2 de abril, en donde llegaron a castigar y vengar la muerte de Nicolás Sanca. A este acto de venganza, tampoco escaparon los curas Castillo de Lampa y el Dr. Mestas de Juliaca, quienes fueron reprendidos y hechos prisioneros. El Dr. Mestas, cura de Juliaca, se encontraba en la Iglesia de Lampa en calidad de refugiado, debido a que el pueblo de Juliaca se había convertido en Cuartel General de los insurrectos.
b) Incursión Cusqueña:
Juliaca, durante la gesta libertaria más grande, como está observándose, desempeñó un importante papel revolucionario. Cuando las tropas de José del Valle, con alrededor de 17000 soldados, incursionaron en el Kollao, encontraron una tenaz resistencia y se convencieron de que "era muy diferente el brío y la constancia de los indios del collao", los de esta zona "preferían morir antes de ser indultados" y lo que es más "preferían ir al infierno para no encontrarse con los cristianos". El 5 de mayo de 1781, en la pampa de Queque atacaron los rebeldes, y a partir de entonces permanentemente, y en todo lugar aparente, ocasionaban daños y bajas al multitudinario ejército realista que no cesaba en su marcha de pacificación sangrienta (matanzas, saqueos y crueldades). Es así que José del Valle, entre otros lugares, ocupó Santa Rosa (6 de mayo), Orurillo (7 de mayo), Asillo (9 de mayo), Condorcuyo (13 de mayo), Azángaro (15 de mayo), Putina (16 de mayo), Llachata o Yacchata, Ccalla (18 mayo), Puquinakankari, Corpa (19 de mayo), Juliaca (20 de mayo), Buena Vista (22 de mayo) y Puno (24 de mayo). Desde la localidad de Corpa, José del Valle envió mensajeros a fin de que le informen sobre la situación de Orellana, y en Juliaca recibió la respuesta en el sentido de que la Villa estaba cercado por miles de rebeldes. De los más de 17 mil soldados, a Juliaca ingresaron algo menos de 2500 españoles, criollos, mestizos y negros, y con cerca de 3000 indígenas fieles, todos ellos maltrechos y azotados por el gélido clima. A pesar de todo esto, los dos días que acamparon en Juliaca, se alimentaron a expensas de los recursos aquí existentes, arrancados a viva fuerza de los pocos pobladores a quienes, incluso, castigaron por su no colaboración. La Iglesia de Santa Catalina y los cerros adyacentes, fueron los mudos testigos del sufrimiento de aquellas gentes foráneas que permanecieron aquellos días en nuestro medio.
c) Éxodo puneño y triunfo rebelde:
Diego Cristóbal Túpac Amaru, que actuaba entre Puno y Juliaca, en una actitud humanitaria, en lugar de atacar al alicaído ejército realista, optó por retirarse abriéndole así las puertas de la Villa a las tropas de José del Valle, quienes ingresaron el día 24 de mayo "en medio de algazara virreinal" (5, 49) y en donde tomó una discutida decisión, pues ordenó y organizó la evacuación total de la Villa de Puno. Tal determinación se cumplió los días 25 y 26 de mayo, en donde los aproximadamente 8000 habitantes, iniciaron el éxodo hacia el Cusco a donde llegaron los primeros días de Julio en una situación espantosa. La triste caravana integrada por niños, ancianos, enfermos, mujeres, etc. todos temerosos y con esperanzas tenues descansan y pasan por Juliaca porque "fueron conducidos, casi todos a pie, por el camino llamado real, hasta la ciudad imperial"(31, 205). Al retirarse de las inmediaciones de Puno "Diego Cristobal Túpac Amaru se replegó a Coata de donde pasó a Capachica, procediendo al sitio de Juliaca, donde murieron 370 indios" (31, 138), en cuya Iglesia algunos se habían parapetado y desde donde se hicieron los últimos intentos de resistencia. El 28 de mayo, los rebeldes ocuparon la Villa de Puno; y poco después la capital de los territorios liberados se instaló en Azángaro, con la presencia de Diego Cristóbal Túpac Amaru, ya convertido en Comandante General del Ejército patriota y con prerrogativas de Jefe de Estado.
EPÍLOGO INSURRECCIONAL:
YA DE regreso del Cusco, el Mariscal de Campo José del Valle se preocupó por "asegurar la tranquilidad de las poblaciones", al pasar por nuestro medio algunos "indios en Juliaca y Paucarcolla recibían el perdón por su fidelidad, al mismo tiempo, sufrieron castigos de Diego Cristobal" (43, 179). El Virrey Jáuregui, comprendiendo la magnitud de la rebelión en el altiplano kolla, con fecha 12 de setiembre de 1781, emitió un Decreto de Perdón y Amnistía para los sublevados. El primero de octubre, Diego Cristóbal recibe el documento en Azángaro, quien luego de evaluar la situación decidió entregarse y capitular; antes de suscribir el armisticio "ordenó la suspención de las operaciones militares y designó como jefe militar de Lampa, encargado de la desmovilización a don Andrés García Ingaricona, como uno de sus principales generales" (36, 152). El 11 de diciembre de 1781, firma el tratado o armisticio en Lampa. Esta decisión fue rechazado por la mayoría de los jefes rebeldes, lo cual posibilitó la concretización de otras expediciones de "pacificación" a cargo de Ramón Arias. En su condición de nuevo jefe militar de Lampa Andrés Ingaricona, el 4 de diciembre de 1781, emitió el siguiente edicto de defensa a Diego Cristóbal:
"Señores coroneles, caciques, capitanes, sargentos y los demás ministros de justicia. Vista ésta, luego eche todos los soldados de su cargo como son los pueblos de Juliaca, Caracoto, Atuncolla, Tiquillaca, Morovaca, Paucarcolla, Vilque, Mañazo, Cabana y Cabanillas, dará la vuelta conforme que se manda a los referidos pueblos. Ha mandado el Gobernador Inca en su mandamiento, muy fuerte para castigo de los coroneles y capitanes, sargentos y soldados rebeldes. "Así mando Yo en nombre del Gobernador Don Diego Cristobal Túpac Amaru Inca, por la gracia de Dios, que es para la defensa del monarca. Así los cito a esta capital de Lampa para mañana miércoles. Ayer lunes llegaron las armas de Azángaro; como digo llega el Inca. Si no lo hiciesen lo mandado, se veran sacrificados en horcas, cuchillos, fuego y sangre; una noche se asolarán a los rebeldes y este papel siempre llegará a este juzgado. "Lampa, 4 de diciembre de 1781. Andrés García Ingaricona".
A partir de entonces el caudillo máximo fue Pedro Vilcapaza Alarcón, pero con su captura y heroica muerte la efervescencia revolucionaria decae ostensiblemente hasta su extinción. Los hispanos al persuadirse de que las capitulaciones no eran suficientes para controlar sus dominios, iniciaron una sangrienta campaña de "pacificación" en el altiplano a cargo de los comandantes Ramón Arias, Fernando de Piélago, Sebastián de Segurola, Joaquín de Orellana y por el Inspector José del Valle. Como ha podido observarse, Juliaca no se ha mantenido al margen de cualquier movimiento, muy por el contrario ha tenido una participación protagónica en aspectos fundamentales y complementarios como combatientes, armas y escenario. Hombres y mujeres, con coraje y sed de justicia a raudales salieron de esta tierra collavina a luchar por la revolución; no eran sólo multitud, eran soldados waraqueros y dotados de armas defensivas "modernas" para su tiempo pues supieron "forrar" sus cuerpos con pieles duras y gruesas en las cuales, incluso, muchas armas metálicas tuvieron que doblarse y hasta romperse. Otro aspecto que merece ser resaltado en esas contiendas, es la participación femenina, quienes "venían como auxiliares de sus maridos o parientes a quienes ayudaban con las piedras de que venían bien cargadas. Para alcansarlas a los honderos, trayendo también consigo como por arma propia unos huesos de bestias con las puntas bien agudas y afiladas para defenderse ellas mismas" (11, 413). Las mujeres en ambos caso fueron "las más entusiastas y aguerridas". Las pampas de Juliaca fueron los escenarios en que se libraron desiguales combates, y las conocidas fortalezas naturales (pojsillin, Jatun Rumi, Tambullin y los cerros adyacentes) fueron lugares en donde muchísimos pobladores valerosamente fueron sacrificados. La ciudad misma sirvió de cuartel general de los insurgentes, en donde en plena revolución se planeaban las futuras acciones, pero siempre observados por los españoles que se habían parapetado en la Iglesia. Los recursos alimenticios que el medio ofrecía (chuño, papa, carne, charqui, etc.) sirvió para apaciguar el amenazante hambre de los alzados como de los pro-hispanos. "Los levantamientos indígenas de Puno con motivo de la revolución de Túpac Amaru, cierran un ciclo inmenso donde la raza enmudece para dar lugar a que se levante la gran voz de la independencia de las naciones sudamericanas. Ellas permanecerán silenciosas, silenciosos los labios indígenas por un siglo de vida republicana, para abrir un nuevo ciclo: el ciclo que comience en estos días por la asimilación de las energías de la raza a nuevas formas de progreso
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